En «Belgrano», su primera obra publicada, el autor chileno Marcelo Pérez Zúñiga reúne ocho cuentos de realismo delirante ambientados en un ficticio y pesadillesco barrio donde situaciones cotidianas son llevadas al extremo.
Un barrio pesadillesco y extraviado, donde gatos con pulsiones dictatoriales discuten con perros filosóficos, los vivos discriminan a los muertos recién llegados y las grúas inmobiliarias disputan palmo a palmo el espacio vital de los humanos, es Belgrano, el ficticio universo literario donde el escritor Marcelo Pérez Zúñiga sitúa su primer libro de relatos.

Ocho relatos que fluyen sin contención integran este volumen, publicado por editorial Narrativa Punto Aparte de Valparaíso y que se inscribe en la corriente del realismo delirante latinoamericano.
En “Doce disparos por el Vulgur gryphus”, un extravagante ecosistema de animalistas radicales habita los patios y las salas de la Universidad de Belgrano. Inspirados por el credo revolucionario del anarco-panamismo, estudiantes que viven al modo de carnívoros, rumiantes o aves de rapiña se disputan los territorios del campus y promueven la supremacía de las bestias sobre el ser humano.
“El escritorio del escribano” narra la historia de Henrique de Saltery, el todopoderoso notario del barrio quien, a punta de innombrables sacrificios, controla la burocracia vecinal sobre un escritorio mutante elaborado con extrañas reliquias biológicas.
En “Belgrano”, cuento que da título al volumen, se narra el origen del barrio, cuando legendarios barcos encallan, con sus cargamentos de horror, en las playas pedregosas de una costa cubierta de bruma mientras sus espectrales tripulaciones beben whisky y juegan a las cartas.
“Belgrano es una mezcla de muchos lugares, de muchos espacios que tienen que ver con el inconsciente del ser humano. Es esa parte borrosa de la mente, ese lugar donde va todo aquello que preferimos reprimir y que muchas veces hay que sacar con fórceps porque nos negamos a reconocer las propias pulsiones. También es el lugar donde pasan las cosas más interesantes porque están alejadas de la moral, la ética y la pulcritud del ‘nosotros’ consciente”, señala el autor Marcelo Pérez Zúñiga, periodista y Doctor en Estudios Culturales por la Universidad Autónoma de Madrid, y actualmente encargado de exposiciones de la Biblioteca Nacional de Chile.
-¿Cuál es el origen de estos cuentos?
Parten desde un taller de cuentos con Nicolás Cruz. De ciertos puntos de partida se fueron abriendo temáticas que me llamaban la atención. De ahí fue ir conectando puntos y pensamientos desordenados, pero creo que venían desde el mismo lugar: cómo relacionarse con la muerte, con un sistema de vida altamente burocrático, con el potente nihilismo de las nuevas generaciones, con la paternidad. Pero al mismo tiempo fue un proceso muy divertido de jugar con las historias y ver para dónde querían ir sin forzarlas.
-¿Inscribes tus cuentos en la corriente del realismo delirante? ¿Cuáles son tus referentes literarios en esta área?
-Para mí el realismo delirante no es tanto una corriente literaria como un proceso de pensamiento y expresión. Me gusta mucho porque desata al autor, lo obliga a chasconerase y a no tomarse tan en serio. En Buenos Aires me encontré con una compilación de cuentos de Alberto Laiseca y me encantó su posición frente a la vida, de ahí quedé enganchado y terminé por leerme toda su obra. Creo que nunca entró en esa seriedad recalcitrante del autor latinoamericano que rara vez se permite no ser 100% político o simplemente “pelar el cable”. Creo que también entra ahí la literatura de Chuck Palahniuk, que si bien habla mucho de la sociedad y sus excesos, lo hace desde el juego, del ridículo. Creo que el realismo delirante tiene mucho de fluir, decirle al lector “saltemos juntos, y veamos dónde caemos, dónde nos lleva esta línea narrativa”. Por otra parte, creo que el realismo delirante también involucra mucho la fisicalidad del relato, la transformación física de los personajes. Eso tiene Laiseca, que sus relatos son mutantes, van quebrando el cuerpo de los personajes. Yo soy de mezclar formatos y no puedo no pensar en que mis referentes muchas veces vienen del cine, por ejemplo. Cronenberg en “La Mosca”, “Scanners” o “Videodrome” hace eso exactamente, preguntarse hasta dónde una obra o un pensamiento pueden cambiar físicamente a una persona. También Jhon Carpenter en “Viven” hace físico un miedo al avance destemplado del capitalismo en la sociedad gringa. Pone dudas sobre el sistema en que vivimos y cómo todo es una manipulación externa, muchos años antes que “Matrix” con su exceso de cuero.
-En cuentos como “Doce disparos…”, “Espacio vital” y “El escritorio del escribano” llevas al extremo situaciones actuales como el animalismo, la depredación inmobiliaria o la burocracia. ¿Consideraste una crítica o trasfondo social en estos relatos?
-No creo que sea crítica. Es más un llamamiento a reconocer el mundo en que vivimos. Los relatos solo vuelven tangibles cosas que son etéreas. La burocracia es algo con lo que convivimos diariamente, cuando vamos al consultorio, al Registro Civil, o buscamos trabajo. Pero lo normalizamos a tal nivel que pasa desapercibidos. Le pones un poco de sangre y tripas y ya se vuelve algo llamativo, te das cuenta de que está ahí, es el monstruo en la esquina de tu casa. Me acuerdo de leer “El proceso” de Kafka hace ya varios años. Me angustió profundamente, porque de pronto se volvía palpable todo ese sufrimiento de navegar por un sistema que es invencible, que es incuestionable y del que es imposible escapar. Pero además un sistema sin una misión fija más allá de alienar a los seres humanos de precisamente su humanidad. Joseph K es un tipo totalmente entregado emocional y psicológicamente a los recovecos del mismo sistema, pero tratando de mantener cierta normalidad en su vida. Al final el arte logra eso, hacer visible que hemos llevado a la normalidad cosas que son horrorosas, terroríficas. No hay monstruo más perturbador que aquel con el que nos hemos acostumbrado a convivir. Pero no es un llamado político o revolucionario. Es el mundo que tenemos, y tal vez lo que podemos hacer es contarnos historias entre nosotros que nos ayuden a estar menos alienados a nuestra realidad.
-¿Seguirá creciendo el barrio de Belgrano?
-Tal vez. Ya está la base de un lugar donde generar más historias. También la tentación de potenciar la mitología del lugar, indagar en los personajes. Como decía al principio, la literatura para mí es poder tomarse las cosas con algo de ironía, romper la seriedad sacrosanta que muchas veces se repite libro tras libro. Este es un compendio de historias que se podrían contar en un bar, entre amigos, o conocidos. Si aquel que escucha está interesado, entonces al relator siempre le van a dar ganas de imaginar algo más, es una relación recíproca.
