Stand up Poetry: sobre “Video killed the radio star” de Daniel Rojas Pachas

Publicado en Lecturas Imprecisas

portada-prueba-vktrs_3“Stand up Poetry”. Así me dijo un amigo que entendía la poesía de hoy, pero más específicamente, así entendía a los poetas, como algo parecido a los comediantes del famoso Stand up Comedy. Bajo esta lógica, el poeta es quien se para sobre un escenario, al igual que el Pato Pimienta, la Natalia Valdebenito, o incluso el Coco Legrand, para causar un efecto en el público y posteriormente recibir los aplausos correspondientes, que pueden ser tanto efusivos como escuetos, por compromiso, amistad o incluso afinidad. En estos casos, el efecto (del público) pocas veces tiene que ver con la calidad estética o metatextual del poema, si no más bien con el histrionismo del que lo declama, además de un montón de factores situacionales del mismo proceso de declamación: vino de honor, previa, amoríos, egos, espacios y un gran etcétera. Pero a pesar de todo esto, uno aprende a ignorar los pormenores y mirar siempre el vaso medio lleno. Hay que entender que existe mucha gente trabajando efectivamente por generar una mayor cantidad de espacios artísticos y culturales dentro de cada urbe. Es un trabajo indudablemente respetable, pero que a pesar de todos los esfuerzos que cada gestor realice, la mayoría de las veces termina en luchas conceptuales infinitas, donde las palabras “política” “trinchera” “consecuencia” e “ideología” salen disparadas de las bocas como perdigones atolondrados entre lágrimas, chela y saliva. Algunos desmadran contra los fondos culturales que da el gobierno (una de las pocas fuentes de ingreso para un escritor), por considerarlas inconsecuentes con el trabajo rupturista y contestatario que se pregona. Otros piensan que recibir plata para realizar encuentros culturales o publicaciones, funciona como el Jiu Jitsu: se utiliza la fuerza del enemigo (el estado) para atacarlo después desde adentro. Y aún existen otros, que no contentos con ninguna de las dos “trincheras”, crean sus propias editoriales y se publican entre los amigos hasta el cansancio. Es decir, existe una lucha eterna entre el romántico y el estratega, que es uno de los eternos problemas de principios entre los escritores, casi siempre jóvenes los primeros, y no-tan-jóvenes los segundos. Sigue leyendo

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La dictadura como materia literaria

Por Ramón Díaz Eterovic. Publicado en Punto Final, enero de 2017.

pb_punto-finalLa dictadura pinochetista ha sido –y será en el futuro- una materia recurrente en nuestra narrativa como un ejercicio de memoria sobre sus características y efectos en la sociedad chilena. En los últimos meses se han publicado varios libros en esta línea, entre ellos, Piedras blancas, de María London,  y Pinochet boy, de Rodrigo Ramos Bañados, que desde distintas perspectivas generacionales y narrativas reflexionan sobre los efectos inmediatos y posteriores de la dictadura.

Rodrigo Ramos Bañados (Pinochet boy, Narrativa Punto Aparte) es periodista y escritor, autor de novelas como Pop, Namazu y Alto Hospicio. Su nueva novela está centrada en personajes que fueron niños durante la dictadura y una vez adultos, encuentran sus vidas condicionadas por las formas de convivencia establecidas por el modelo de sociedad de libre mercado impuesto a sangre y fuego. Son los niños que, como recuerda Ramos Bañados, fueron obligados a cantar en sus colegios el himno nacional con “la estrofa impuesta por los milicos”.

El protagonista de esta novela se despliega a través de tres personajes: Mirko, Pedro y Leonidas. Cada uno responde a distintas etapas en la vida del protagonista y en todas ellas se muestra como un ser descolocado, condenado a una vida mediocre, sin grandes ilusiones ni utopías, obligado a asumir empleos que no lo satisfacen y lo alejan de sus sueños. Sus aspiraciones siempre lo hacen ser distinto a quienes le rodean, mientras los valores que orientan el medio provinciano que habita se agitan con las palabras de predicadores que cuentan con el favoritismo del dictador, escritores que se adaptan a las pautas del marketing, empresas mineras que depredan el medioambiente y amores que se le escapan de las manos. Sigue leyendo

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La Bildung de la infamia: Pinochet Boy, de Rodrigo Ramos Bañados

Por Carlos Henrickson

portada_pinochet-boySe acostumbra ver el nacer como un surgir, alzarse a la luz, como las plantas que buscan el sol, y hasta nos suena natural el inicio del viaje de la vida de una persona como ese acto de buscar el sol. Si uno se pone estudioso, se va a encontrar siempre con esa imagen al inicio de la clásica Bildungsroman, la novela de formación. De la nada al ser, para ir superando los desafíos de un mundo que no es en sí mismo fundado en la justicia o la verdad, y que no nos ayudará en esa lucha que sí se puede vencer siendo fiel a sí mismo, hallando y creando el propio lugar en una vía que en principio se nos cierra, comprendiendo el necesario pacto con una sociedad que se nos presenta como una contrariedad suprema.

Me acuerdo de haber leído sobre la famosa Bildungsroman a inicios de los 90. Me inquietaba algo de fondo, que ahora, al leer Pinochet Boy, se me ha dado definir con bastante mayor precisión. Hay otra noción sobre el nacer, que corresponde más a cómo funciona el cosmos gnóstico: el alma no surge hacia arriba buscando la luz, sino que aparece en el mundo como enviada hacia abajo, a un calabozo, marcado por la oscuridad, la injusticia, el dolor, la falsedad, la ilusión, la multiplicidad del ser, la falta de sentido, la intuición de estar siempre fuera de lugar. Desde esta visión del mundo, el hombre debía evadirse de este y fijarse en su interior, por el bien de su alma; no hacer tratos con el Mal. Concentrarse en el cuerpo y creer en la verdad de aquello externo significaría entregarse a la anulación total y permanecer eternamente en el calabozo, creyendo que no había jamás forma de salir. Sigue leyendo

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Gestionar gestos: sobre “Video Killed the Radio Star”

Por Martín Cinzano. Publicado en Carcaj.cl

portada-prueba-vktrs_3Latinoamérica. En una universidad de provincia se pretende dar curso a una mesa redonda sobre literatura; los expositores, aún con la resaca de la noche anterior, son cinco; el público asistente, tres (más “el encargado de sonido”). El moderador cuenta o intenta contar chistes; un poeta argentino lee un poema doméstico-minimalista que, según dice, es representativo del quehacer literario de su país; un académico de la misma universidad lee un ensayo sobre Roberto Bolaño y Enrique Lihn; una poeta chilena dice que ella no representa a nadie.

La escena se da en el marco de un festival de poesía organizado a medias por el Estado y una minera privada y es, o puede fungir, como la condensación microscópica de una situación repetida a gran escala en varias universidades, bares, cafeterías, casas de la cultura, librerías y foros de chat atravesando el continente en este mismo instante. La escena también está, con más detalle, en Video killed the radio star, el último libro de Daniel Rojas Pachas.

Divido en tres duetos conectados sólo por el ambiente cotidianamente miserable en el cual se sumergen, el libro transita sin problemas por aquellos mismos formatos que, en algún sentido, o en todos, han posibilitado el cretinismo —y la amistad y la ridiculez— entre los artistas latinoamericanos y las instituciones públicas y privadas abrazadas a la cultura como reconocimiento social: Facebook, periodismo cultural, ponencia, youtube, ensayo sobre literatura y exilio, bolañismo acrítico, editora (cartonera) filantrópica, festivales de poesía y cierto malditismo carretero con apego a la figura vacía del artista de culto. El primer dueto, quizá el más narrativamente convencional, relata por medio de una sucesión de entrevistas parte de la vida de Francisco Balaunde, pintor de vasta obra experimental, por cuya biografía asoma también la historia de los niñitos cool de la Lima de ayer y hoy, visible tanto en la narración misma del pintor como en rotundas notas periodísticas a pie de página (estas últimas, presuntamente incorporadas al texto por un tal “Daniel”, periodista “fronterizo” que a su vez se ve involucrado en una oscura trama de porno casero). Sigue leyendo

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Las dificultades del tartamudo para llegar al punto final

Por Betina Keizman*

portada-manual-para-tartamudosNunca sabremos hasta qué grado todos los libros están ligados a la experiencia. No es un vínculo que viva solamente en clave de realismo, tampoco es que la experiencia sea una fuente más o menos bizarra de anecdotarios múltiples, aunque a veces, ese sea el caso. Los escritores somos buenos vampiros. Siempre se nota cuando un libro sigue el trazo de una experiencia vital. Hay una desprolijidad que el buen lector reconoce, se me hace que es como las asperezas en un mueble de madera, cuando adivinamos que en esa arista o en esa cuña,  el artesano estaba enojado, o triste, o iracundo, perplejo o simplemente entusiasta. Ese vínculo con la experiencia se reconoce en este manual para tartamudos de Gonzalo León. Sabemos que Gonzalo vive desde hace varios años en Buenos Aires, y la experiencia de migrante está en su libro, pero no solamente en la curiosidad y desvarío por la nueva ciudad, creo que también hay una migración enlazada a la literatura, a nutrirse de un mundo literario que es el de cierto circuito porteño, amigo del juego de las atribuciones múltiples o de un realismo delirante, que Gonzalo agregó a una mirada suya, anterior, de cronista insolente. Es riesgoso pensar en términos de qué es lo que uno recibe de un nueva ciudad, qué es lo que traemos con nosotros, qué puede nacer de esa mixtura, o de ese monstruo de cinco cabezas. En cualquier caso, se trata de una ganancia de vida cada vez más contemporánea, porque somos muchos los que hemos vivido de modo permanente o transitorio, en las estancias de escritura, tan de moda, por ejemplo, ese intercambio que está en conocer lo otro y medir lo propio.

Tal vez sea una experiencia de tartamudos. El modo en que el tartamudo lucha para expulsar las palabras, para escupir un significado  es una experiencia física. Es la palabra contra la lengua, contra la garganta, algo áspero que juega en contra porque el pensamiento va más rápido y el cuerpo no le sigue el trote. Se resiste, a contracorriente de un acto que tiene mucho de compulsión, la urgencia de calibrar un disgusto, una sorpresa o una felicidad. Gonzalo a veces tartamudea, y también en este punto está el guiño de la autoficción. ¿Cómo protestan los sordos? eso se pregunta en un momento, frente a una manifestación de sordos, el chileno loco que en Manual para tartamudos escribe sus cartas desde un buenos Aires que de a ratos se le hace inhóspita, pero que también le ofrece el mejor combustible de la vida y de la escritura: la extrañeza, la inconsistencia de lo cotidiano que se escapa, en definitiva, la pasión. Sigue leyendo

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