Viridiana Carrillo, narradora mexicana: “Me cautivan esas pequeñas historias nada extravagantes pero cargadas de deseo”

La escritora sonorense publica por primera vez en Chile su libro de relatos “Silencio cerca de una pirámide antigua”, como parte de la colección de narrativa contemporánea de editorial Narrativa Punto Aparte.

Una niña atisba a hurtadillas a dos vecinas de ambiguo comportamiento que veneran a la Santa Muerte. Un arqueólogo reconstruye con amor y paciencia los fragmentos de una familia. Una mujer inicia una impensada travesía nocturna por una pirámide antigua en compañía de cinco niños, embargados por sus enigmáticas historias. Una joven rearma las piezas en la vida de su hermana fallecida a través de una vieja fotografía.

Estos son algunos de los relatos que componen “Silencio cerca de una pirámide antigua”, de la escritora mexicana Viridiana Carrillo, quien publica por primera vez en Chile, a través de la editorial Narrativa Punto Aparte.

Sentires ocultos, pensamientos prohibidos que se susurran al oído y que se murmuran entre líneas, miradas fuera de foco atraviesan los relatos de Viridiana Carrillo, quien construye un universo habitado principalmente por mujeres.

A partir de una cita de la poeta mexicana Rosario Castellano, que da título a este volumen de cuentos, Viridiana Carrillo teje historias y personajes que circundan entre zonas arqueológicas, pueblos contaminados por una termoeléctrica, playas de agua mansa y, sobre todo, por el interior de las habitaciones, donde los secretos se expresan en todo su esplendor

Nacida en Ciudad Obregón, estado de Sonora, México (1984), Viridiana Carrillo estudió Lengua y Literatura Hispánica en la Universidad Autónoma de Sinaloa. Como narradora, es sutora del libro de cuentos “Antes del juego”, editado por Nitro Press (2020) en México.Textos suyos aparecen en las antologías “Álbum Negro, literatura de ficción” (2017),La espina es la flor de la nada” (2018) yMexicanas. Trece narrativas contemporáneas” (Ed. Fondo Blanco, 2021). Antologó el libroConversaciones en el umbral” (2020). Actualmente está radicada en Chile.

-¿Qué te inspira al momento de escribir tus relatos?

-No sé si yo deba llamarla inspiración. Yo solo ando pensado en alguna historia, la pienso mientras hago toda mi cotidianidad y luego, cuando creo que puedo tener algo, me siento a escribir. A veces toma caminos distintos a la que tenía en mente y a veces la dejo olvidada. Me tiene que resultar interesante, claro, emocionar y cautivar, sino pierdo el interés rápido, pienso que no vale la pena. Esto no quiere decir que me pongo a escribir historias épicas, más bien me gusta escribir sobre cosas sencillas, breves. Me cautivan esas pequeñas historias nada extravagantes pero cargadas de deseo.

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Nibaldo Acero y Jorge Cáceres, editores: “La revuelta evidenció que la literatura y el arte son cosas muy imbricadas con la realidad política y social”

El volumen «Letra revuelta» reúne un conjunto de ensayos de una veintena de autores chilenos que reflexionan sobre la relación entre el estallido del 18-0 y las expresiones culturales en la literatura, la imagen y el espacio público.

Un conjunto de ensayos que reflexionan acerca de las relaciones entre la cultura y el estallido social de octubre de 2019, del que próximamente se conmemoran tres años, son lo que reúne el volumen “Letra revuelta: literatura, imagen y espacio público en el estallido social”, editado por los académicos Nibaldo Acero y Jorge Cáceres y que forma parte de la colección Expedientes de Narrativa Punto Aparte.

El volumen recopila los textos de 22 autores y autoras chilenos, quienes abordan las diversas expresiones de la literatura y el arte en el contexto de la revuelta social.

“La revuelta visibilizó contundentemente el arte y la literatura en y de la calle. Posibilitó la creación, la difusión y la apropiación de la literatura, la manifestación del arte en los espacios públicos más impensados”, señalan Acero y Cáceres, editores y autores del volumen, donde también escriben María José Barros, Carvacho Alfaro, Patricia Espinosa, Cristian Geisse, Hugo Herrera, Rodrigo Marilef, Stefanie Massman, Roxana Miranda Rupailaf, Mario Molina, Fernanda Moraga, Javier Pérez Díaz, Isabel Plaza, Javiera Quintanilla, Jota Elmes Ramírez, Ana María Riveros, Jorge Sánchez, Magda Sepúlveda, Luis Valenzuela Prado y Diego Zamora.

En estos escritos, voces diversas recorren un espacio donde los límites entre lo literario y lo no literario se desdibujan, creando una amalgama de elementos y recursos que se trenzan en torno a la literatura pero que abarcan también la imagen y el espacio público como medios de expresión, atravesando diferentes épocas y contextos. Así, por estos ensayos transitan Fuenteovejuna y Naruto, Caupolicán y Gabriela Mistral, Lesbilais y Lemebel, Carmen Berenguer y La Lira Popular, la imaginería colonial y la intervención lumínica, Chaurakawin y el río Mapocho, los grafitis y el torniquete, el perro Matapacos y la Constitución, la novela chilena y el lienzo que grita “la poesía está en la klle” en el frontis de la Biblioteca Nacional. Todas reflexiones, imágenes y testimonios que nos invitan a observar, desde nuevas ópticas, el fenómeno del estallido social.

“La revuelta evidenció que la literatura y el arte son cosas muy imbricadas con la realidad política y social”, señalan Nibaldo Acero, profesor, escritor y Doctor en Literatura; y Jorge Cáceres, profesor Magíster en Literatura Latinoamericana y Chilena y Doctor en Literatura, quienes se encargaron de recopilar y editar los textos.

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Escritor sale en busca de una isla fantasma que lleva su nombre

El iquiqueño Juan José Podestá lanza su novela “Isla Podestá”, un texto que recrea la historia de un campo de prisioneros en un remoto territorio y, a la vez, recoge las huellas de una obsesión por hallar este elusivo territorio.

“La isla es pequeña. Podemos compararla con el tamaño de un pueblo de mil habitantes, o menos. Sus costas son escarpadas, sucias, con arenas negras y muchas rocas. La forma general de la isla es como la de un óvalo imperfecto, o un trozo pronunciadamente irregular de pizza”, dice en el libro Juan José Podestá, personaje y a la vez autor de la novela “Isla Podestá”, que este mes presenta el autor iquiqueño, en conjunto con editorial Narrativa Punto Aparte.

Su descripción puede ser cierta o ficticia, simbólica o literal, porque nada está meridianamente claro en torno a esta enigmática isla perdida en el Pacífico. Algunos antecedentes señalan que la isla Podestá fue descubierta en 1879, a unos 1.600 kilómetros de la costa de Chile, por un marino italiano de apellido Pinocchio, que capitaneaba el barco Barone Podestá. Fue así como el navegante nombró a este desolado islote y describió sus coordenadas a las autoridades costeras de su país. Isla Podestá ingresó, entonces, a las cartas náuticas internacionales, pero para 1935 desapareció de los mapas oficiales, pues nunca más nadie pudo encontrarla. Ni siquiera una expedición de la Armada de Chile, que rastreó el océano en busca de este elusivo islote.

La isla Podestá desapareció de los registros, pero no de la memoria. Se transformó en algo así como una leyenda; su ubicación fue cambiando con el tiempo a través de los relatos, aparece y reaparece en textos de sucesos extraños y hasta inspiró la realización de un reciente documental en Europa.

En Chile, más específicamente en Iquique, el escritor nortino Juan José Podestá, que lleva casualmente el mismo nombre que la isla, inició también una búsqueda, personal y literaria, de esta “terra ignota”, y el resultado es “Isla Podestá”, segunda novela del autor, quien integra el canon de escritores de la macrozona norte del país.

En la novela, la isla Podestá es un recóndito paraje donde funciona un cruel campo de prisioneros políticos. Allí, una situación inquieta a presos y guardias: una detenida sostiene una inclasificable relación con uno de sus captores. Años después, esta mujer ha desaparecido y su hermano trata de reconstruir su paso por esta isla, de la que pocos han logrado salir. En la novela, la isla también es el lugar que obsesiona a un escritor, Juan José Podestá, quien sigue pistas ciertas y falsas, visita faros e islotes, revuelve archivos, escucha testimonios y recibe enigmáticas señales que lo guían hacia el objeto de su obsesión.

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Gonzalo Ilabaca: “Este libro es un inventario de lo que Valparaíso fue, de lo que nunca será”

El pintor y escritor porteño lanza “Dónde está mar, antología póstuma de Valparaíso”, volumen que trabajó junto a la artista Danila Ilabaca y que reúne fotografías intervenidas y textos poéticos que interpelan al lector y lo invitan a reflexionar acerca de la relación entre la ciudad y el mar.

“¿Dónde están el agua de las quebradas, el mar, la aldea de pescadores de la Colonia, el emporio del Pacífico del siglo XIX? ¿Dónde está el capitán Christiansen, que arrastró nadando en un temporal su velero con una cuerda para salvarlo? ¿Dónde está el Tiburón Contreras, nadando en la Antártida cubierto solo con grasa de lobos (…), nadando hacia Las Torpederas con los niños de su club Los Delfines? ¿Dónde está la pequeña Panchita de cinco años, violada y lanzada al mar por un taxista en los roqueríos de la Piedra Feliz? Todos, todos están bajo el cemento, en el fondo marino, en las marismas del recuerdo y el fuego, detrás del alambre de púa”.

De esta forma abre “Dónde está el mar, antología póstuma de Valparaíso”, el nuevo libro de pintor y escritor porteño Gonzalo Ilabaca que aborda, en un formato poético y visual, la relación entre la ciudad y su litoral, tema en el que el artista se ha involucrado activamente en los últimos años.

“Dónde está el mar” es un libro que combina textos con fotografías intervenidas por Danila Ilabaca, diseñadora y artista visual, quien se ha especializado en la técnica del collage. Danila y Gonzalo Ilabaca (hija y padre) trabajaron en conjunto en el diseño y el concepto de este volumen, publicado por la editorial Narrativa Punto Aparte.

UN TEXTO ICONOCLASTA

A lo largo de los 24 fragmentos del libro, Ilabaca interpela al lector con preguntas que hacen referencia a distintos hitos, personajes, paisajes e historias de Valparaíso, en un amplio abanico que van desde el Loro de Wanderers a los Almacenes Fiscales, desde Pablo de Rokha a las bailarinas del American Bar, y desde el cura Pepo de La Matriz hasta el capitán de la Armada que predijo el terremoto de 1906. Sobre cada uno de ellos, Ilabaca se pregunta “¿dónde están?”, apelando a la memoria de la ciudad. Y la respuesta siempre es la misma: “detrás del alambre de púas”, en referencia a la separación artificial entre la ciudad y el mar. “Este es un libro para ue reflexionemos sobre Valparaíso. De ahí la pregunta ¿dónde está el mar?”, señala Ilabaca.

-¿Qué te inspiró  a escribir el libro “Dónde está el mar”? ¿Cómo desemboca tu activismo en el tema de la relación entre ciudad y mar en este libro?

-Hace 100 años, un poeta norteamericano -Edgar Lee Master- escribió la historia de un desconocido pueblo, Spoon River, donde relata la historia del pueblo según los epitafios del cementerio en la colina. Algo maravilloso. Usando el canon que él inventó (que es universal), quise también escribir una historia apócrifa y póstuma de Valparaíso. Es decir, una historia «que no es obra de la persona a la que se atribuye». Un verdadero plagio donde mezclo peras con manzanas: el Tiburón Contreras con la tragedia de la explosión del  año nuevo de 1953; la animita de la pequeña Panchita, violada por un taxista, con las memorias de  María Graham,  donde el mar es siempre  el protagonista principal. Y lo hice porque quería poner en relieve de que hay una herida en la ciudad, una herida que se ha transformado en su propio cáncer, una herida que nadie entiende: ¿qué es el diseño de una ciudad puerto en una ciudad puerto? El alambre de púa en el borde costero que nos separa de ese mar es la cicatriz de esa herida terrible, porque significa todo lo contrario a un diseño urbano de ciudad puerto. Entonces puse el canon de Edgar Lee Master, el canon de la poesía -que no muere-, para que reflexionemos sobre Valparaíso. De ahí la pregunta ¿dónde está el mar?

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Libro revela la relación de Manuel Rojas con el cine y la televisión

“Manuel Rojas, narrativa de la imagen”, de Jorge Guerra C., aborda los diversos roles del escritor con el género audiovisual, desde espectador y crítico de cine, hasta libretista, panelista y hasta actor. Asimismo, descubre los vínculos de la literatura de Rojas con el lenguaje cinematográfico y repasa las adaptaciones a la pantalla realizadas sobre algunas de sus obras. “Él veía el cine como un arte esencialmente innovador, rupturista y un campo apto para la experimentación”, señala el autor.

En la Feria Iberoamericana de Sevilla de 1929, Chile incluyó una película realizada especialmente para esa ocasión por el multifacético Jorge Délano, “Coke”. El filme se titulaba “La calle del ensueño” y logró una entusiasta acogida en el medio local y una generosa opinión de la crítica de esos años. En la cinta aparecía el escritor Manuel Rojas interpretando a un arriero cordillerano. Por esos años Rojas comenzaba a forjarse un nombre en la literatura chilena, habiendo publicado ya una colección de poemas y otra de cuentos.

Este sería uno de los momentos en que Rojas se vincularía en forma activa con el cine, que por entonces era solo un incipiente medio de expresión. Ya en su infancia se había iniciado como un precoz espectador y su interés se mantendría e iría en aumento durante toda su vida. Incluso llegaría a ubicarse detrás de las cámaras filmando imágenes que están contenidas en una película que aún no ha sido revelada.

Esos puntos de contacto del escritor con el mundo audiovisual son los que incluye “Manuel Rojas, narrativa de la imagen. Su vínculo con el cine y la televisión”, de Jorge Guerra C., investigador, escritor y arquitecto quien fuera artífice, hace diez años, de la creación de la Fundación Manuel Rojas.

El libro, que se suma a la colección Expedientes de editorial Narrativa Punto Aparte, recoge la casi desconocida relación de Manuel Rojas con el cine y, a partir de los años ’60, también con la televisión. De esta forma, se registran sus primeros y juveniles contactos con el cine, su rol como crítico en revista Ecran, sus gustos personales como espectador y su participación como actor y guionista para documentales. También se abordan las claves y códigos cinematográficos inmersos en parte de la narrativa rojiana, especialmente en su novela “Hijo de ladrón”, que Rojas intentó llevar al formato cinematográfico sin éxito, acompañado por el escritor Augusto Roa Bastos en el guion.

Asimismo, esta investigación aborda los contactos de Rojas y su obra con la televisión, desde su temprana aparición en la primera transmisión del Canal 9 de la Universidad de Chile, pasando por su rol de guionista en la serie “El Guaripola”, sus trabajos en la TV mexicana y su rol como “fiscal” en el programa “Jurado literario”, junto a Enrique Lafourcade, donde se “enjuiciaban” obras literarias. También repasa las diversas adaptaciones de sus relatos al formato televisivo.

“Manuel Rojas, narrativa de la imagen”, será presentado el próximo 13 de abril, a las 18.00 horas, en la biblioteca del Centro Cultural GAM, con la participación del investigador y académico Luis Valenzuela y la Doctora en Literatura PUC, Pía Gutiérrez; y el 21 de abril, en el mismo horario, en el Parque Cultural de Valparaíso, donde estarán el cineasta Pablo Vial y María José Barros, Doctora en Literatura PUC.

“ÉL VEÍA EL CINE COMO UN CAMPO APTO PARA LA EXPERIMENTACIÓN”

Jorge Guerra C., vasto conocedor de la vida y obra de Manuel Rojas, destaca que esta investigación viene a echar luces sobre una faceta poca conocida del autor chileno.

-¿Qué te motivó a realizar esta investigación y publicar el libro?

Jorge Guerra C.

-Hace ya tiempo estoy interesado en investigar y estudiar las otras facetas que desarrolló un inquieto Manuel Rojas y su interés por el cine fue algo que surgió primero sin tener total seguridad de que era un tema de real importancia para él.  Sabía de algunos artículos sobre cine que había publicado a fines de los años ‘30, un par de guiones y nada más. Sin embargo, a medida que fui entrando en el tema y conversando con Julianne Clark, su última mujer que vive en EEUU, se confirmó la importancia que le daba Rojas a este arte y en el que quiso incursionar de una u otra manera. De las muchas inquietudes que tuvo en su vida como la filosofía, la sicología, estudio de las aves, astronomía, paleontología, etc., para el cine primero y, luego para la televisión, no solo fue un mero espectador sino un participante activo en esos medios. Desgraciadamente su muerte, a principios de 1973, no le permitió insistir y explorar mejor. Sin duda sus años vinculado al teatro como apuntador en varias compañías —una experiencia aún no estudiada con detalle— le despertaron su interés por las expresiones escénicas y el cine primero y luego la televisión por distintas motivaciones no le fueron indiferentes.

-¿Cuáles eran los principales atributos del cine que atraían a Manuel Rojas como escritor?

-Él veía el cine como un arte esencialmente innovador, rupturista y un campo apto para la experimentación. Por eso destacaba aquellas producciones que se alejaban de la literatura y no gustaba de las adaptaciones al cine de obras clásicas e incluso de obras teatrales. Es sabido que Rojas siempre buscó en su narrativa una forma distinta de contar, de ahí el impacto que logra su novela “Hijo de ladrón” al proponer formas narrativas desconocidas hasta ese momento en el medio nacional y latinoamericano, además de los tipos humanos y ambientes que formaban parte de la historia en forma real y vívida. Como él mismo dice, el cine debía lograr autonomía de las demás expresiones, crear sus propias herramientas y recursos apoyándose en los avances tecnológicos para llegar a convertirse en un arte mayor. En el libro menciono algunas producciones de su preferencia, filmes de los 60, como “Blow Up” (Antonioni), “Julieta de los espíritus” (Fellini), “El séptimo sello” (Bergman), entre otros, y un corto de humor absurdo y satírico casi desconocido, “The running, jumping and standing still film” (1959), de un joven Richard Lester, que se haría famoso luego por dirigir a Los Beatles, y protagonizado por un también principiante Peter Sellers. Creo que su estadía en Estados Unidos fue decisiva en eso, Chile era un país muy aislado y ajeno a esa cartelera. Era lo que llamamos cine de culto, de autor o cine arte, aquel que se ubica en la otra vereda del cine comercial. Ese arte cinematográfico era el que disfrutaba Rojas.

-En diversos puntos del libro, se recalca el aspecto cinematográfico que tenía, en especial, la obra “Hijo de ladrón”, de Manuel Rojas, ¿en qué se revela esa característica de su obra?

Cámaras de Manuel Rojas sobre su escritorio.

-Hay varios puntos de contacto de esa novela con el cine. El primero y más importante es la estructura de la narración que es perfectamente asimilable al montaje cinematográfico. La alteración del orden cronológico de la historia, colocando primero hechos que suceden después de otros, es un recurso cinematográfico usado muchas veces, pero que en 1951, cuando se edita la novela, no era muy conocido. El primero en relevar este rasgo de la novela es Ricardo Selser, un crítico argentino, que escribió una reseña en 1954 y donde dice: “La narración recoge distintos relatos con la técnica del montaje cinematográfico”. Por eso Rojas destaca el film de Alain Resains “Hiroshima mon amour” (1959) como una obra que obliga al espectador a poner una atención especial en el relato, no apto para una “mente perezosa”, como él dice. Los saltos temporales que desestructuran la línea narrativa del film se conectan con su novela sin lugar a dudas. Otras conexiones son como la condición errante y vagabunda del protagonista Aniceto Hevia, permite la dinamización de las acciones, el continuo movimiento que es narrado como si una cámara en “travelling”, montada sobre rieles, nos develara lugares y hechos. Luego el “encuadre” de la mirada del mismo Aniceto —no olvidemos que el relato es en primera persona— no permite la posibilidad de anticipar lo que va a suceder y así la experiencia del lector es la misma y simultánea a la que va teniendo Aniceto.

-La adaptación de “Hijo de ladrón” permanece como un proyecto inconcluso. ¿Crees que esa novela debería ser finalmente adaptada a cine, como pretendió el mismo Manuel Rojas?

-Esta pregunta encierra una contradicción si consideramos la opinión de Rojas sobre las adaptaciones de obras literarias al cine que mencioné recién. Sin embargo, no fueron pocas las gestiones que hizo el propio autor por “cinematografiar” su novela que, como se ha dicho, tiene atributos suficientes para hacerlo. En 1960, durante su permanencia en Buenos Aires por unos pocos meses, participó, con Lautaro Murúa, actor chileno residente, y el escritor paraguayo Augusto Roa Bastos, que vivía el exilio en la capital argentina, en sacar adelante el proyecto fílmico. Se habló con productoras de allá y realizadores vanguardistas y conocidos como Joaquín Torre Nilsson, mostraron verdadero interés por concretar. Sin embargo, el costo, la situación política y económica del momento no lo permitió. En el libro presento y comento el pre-guion y escaleta que realizó Roa Bastos. El interés de Rojas era llegar a un público mucho más amplio y numeroso y también obtener dinero por los derechos, preocupación permanente a lo largo de su vida. Los intentos se fueron debilitando a pesar de que su amigo, el director Helvio Soto, también colaboró en el empeño. Personalmente creo que es una obra que debiera llevarse al formato de cine por la vigencia de su argumento y de los seres que lo sustentan. Pienso que una miniserie, tres o cuatro capítulos, podría ser lo apropiado también. Es un desafío muy grande, pero ahí está, abierto para audaces y talentosos realizadores.

-Así como el cine atrajo a Manuel Rojas, ¿cuál era su apreciación y relación con la televisión?

Una escena de «El vaso de leche», telefilme de TVN (1978).

-Manuel Rojas toma contacto con la televisión como mero espectador en los viajes que hace a Estados Unidos a fines de los 50. Es en México, donde permanece con Julianne casi un año, entre 1962 y 1963, donde incursiona decididamente como libretista televisivo adaptando obras clásicas y propias. Incluso apareció en pantalla en una serie de programas sobre Chile. Nuevamente la idea de difundir transversalmente su obra era su principal motivación y esa conciencia la tuvo cuando pudo constatar el alcance que tenía el medio televisivo. Esto ocurrió gracias al programa “Gente” que se emitía por la televisión argentina en horario estelar de los viernes. Rojas, junto a Helvio Soto, son invitados a un capítulo de dos horas y, al otro día, el escritor pudo darse cuenta cómo la gente lo reconocía en la calle, a él, que no era un personaje ni remotamente conocido por el público general.  Para él eso fue decisivo y, a pesar de los numerosos viajes que realiza en los ‘60, continuará trabajando como libretista y animador incluso en el programa “Jurado Literario”, que hizo junto a Enrique Lafourcade, donde se examinaba y “juzgaban” obras nacionales con la presencia de sus autores que eran los “acusados”. Ahí la vocación era ampliar la audiencia de la parrilla prográmatica de una televisión en pañales inyectándole más que mera entretención y, según, lo que digiera Lafourcade, se logró que la literatura fuera tema de conversación en algunos hogares santiaguinos. Esto ocurrió a fines de 1965 en el canal 9 de la U. de Chile.

-Existe material audiovisual relacionado con Manuel Rojas en México y Argentina, ¿qué pudiste averiguar sobre ese material? ¿Está disponible o ha aparecido?

Manuel Rojas era un gran aficionado al cine.

-En México la búsqueda se topó con el muro burocrático impenetrable de la actual Televisa, continuadora de Tele Sistema que era la empresa para la cual trabajó Rojas. A pesar de tener allá una encargada de esas pesquisas no hubo caso y no pudimos dar con el posible material que debiera existir en sus archivos. Incluso tomé contacto con Verónica Pimstein, que vive en Miami, hija del fallecido Valentín Pimstein, famosísimo productor y gran señor de las teleseries mexicanas. El fue quien ayudó generosamente a Rojas para que trabajara en la TV. Es un desafío que quedó pendiente. En Argentina el asunto no fue mucho más auspicioso. No pudimos dar con un cortometraje basado en el famoso cuento “El vaso de leche” realizado en 1956 y con un largometraje argentino – paraguayo que se realizó con un co-guion de Rojas. Se hicieron averiguaciones en la cinemateca de Asunción y solo tenían el registro, pero no la película. Sin embargo, conseguí el registro sonoro de aquel programa de la TV argentina que mencioné, conservado en el Archivo Histórico de la Radio y TV Argentina. Su animador y entrevistador tuvo la visión de grabar el sonido ya que el programa iba en directo y, por lo tanto, no había manera de guardarlo como ocurriría en los años 70 gracias al uso de la cinta de video. En el programa se le pregunta: “Don Manuel, ¿a usted le gusta el cine?”, a lo que Rojas responde tajantemente: “Mucho”, y explica. Ahora, si de búsquedas se trata, sería un hallazgo superior dar con “La calle del ensueño”, película insonora de Jorge Délano que fue galardonada en la Feria Internacional de Sevilla 1928-29. Ahí actúa Rojas caracterizado como arriero. Pienso que en la cinemateca de Sevilla podría conservarse una copia porque en Chile no existe nada. Por supuesto que la pandemia nos perjudicó mucho en la búsqueda. El contacto directo, presencial, siempre ayuda en este tipo de tareas, pero esta vez no se podía hacer.

-¿Cómo dialoga la literatura de Manuel Rojas (narrativa/poesía) con sus trabajos como libretista/guionista para cine y televisión? ¿Es posible identificar una influencia de su estilo literario en sus guiones? ¿Y en sentido contrario?

Manuel Rojas en un documental de la televisión alemana.

-Se dice que cuando un narrador de fuste, como lo era Manuel Rojas, incursiona en formatos audiovisuales tiende a favorecer los diálogos por sobre la acción. Creo que a Rojas, en parte, le pasa eso. En los guiones que le conocemos la construcción de los personajes se expresa más en lo que dicen que en lo que hacen. Hay un libreto para teatro de una obra inédita titulada “Muerte en Vietnam” —que podría ser un cortometraje—, que escribió Rojas a mediados de los ‘60 donde el drama se sustenta en los parlamentos de los protagonistas. Claro, se podrá decir que hay toda una filmografía que hace lo mismo, Bergman, sin ir más lejos, pero en el caso de Rojas creo que responde más a su forma de narrar, a la importancia que le asigna a la corriente interior del pensamiento, a la profundidad sicológica de sus personajes. Algo distinto es lo que pasa para sus trabajos para la TV. En los libretos para el programa “El Guaripola”, donde el tiempo restringido de ese medio lo obligaba a dinamizar la historia y las acciones deben desarrollarse en 20 o 30 minutos máximo. Creo que ese personaje, el organillero heredado por Rojas de Luis Alberto Heiremans, se asimiló muy bien a los personajes de los relatos de Rojas. Pienso en Pedro, el pequenero, Mister Jaiba o Cucho Vial e, incluso, tiene algo del vagabundo de las tortugas de “Hijo de ladrón”. En el guion y libreto que hizo para el documental “Un país llamado Chile” se nota el ritmo del relato rojiano, pausado, “andante” podríamos decir. Esto me lo hacía notar el cineasta Juan Forch.  Eespecto a la poesía, que Rojas desarrolló en sus inicios y luego en forma más distanciada, creo que no alcanza el relieve como para sacar conclusiones. Algunos autores han visto en su poema “Sueño” (1928) la inquietud del escritor por destacar el espacio y la vida urbana entrando al vértigo de la modernidad y que Rojas expresa en imágenes que podrían pertenecer al lenguaje cine; un verso dice: “Pero todo es de pronto como una fotografía movida y obscura”.  El sentido inverso, en la influencia del cine en su obra, es algo que hay que indagar. Es muy probable que en su novela “Punta de rieles”, que se sale del relato autobiográfico, la construcción en base al contrapunto de dos historias paralelas y simultáneas tenga que ver con un antecedente o influencia cinematográfica —Rojas, sin embargo, declara que su referente habría sido Faulkner y sus “Palmeras salvajes”— y además creo que ese recurso se usó con frecuencia posteriormente, pienso en “Pulp fiction” o en “Amores perros”.

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