Un texto que se observa dentro del texto

Por Mike Wilson, texto de presentación de la novela “Indios Verdes”, de Emilio Gordillo. Espacio Estravagario, 12 de abril de 2018

PORTADA INDIOS VERDES

Ya hace casi diez años que conocí a Emilio, tuvimos nuestra primera conversación una mañana en un tren en las afueras de Temuco camino a Lautaro, mirábamos el paisaje a través de los cristales del tren, hablamos de Roberto Arlt y del silencio, desde el interior del vagón mirábamos el paisaje a través de las ventanas. Nos bajamos del tren, fuimos a un colegio al lado de la estación, hablamos de cosas de libros que ya no me acuerdo, volvimos a subirnos al vagón y seguimos hablando, como si nunca nos hubiésemos bajado de la máquina.

Indios Verdes es una novela en cuatro partes sobre un montón de cosas, en muchos sentidos es sobre la ciudad, en este caso el DF, así como Croma -la novela anterior de Emilio- trabaja el mapa de Santiago, pero para mí lo que más me sorprende de Indios Verdes es cómo acierta en representar la experiencia de la identidad a la deriva en lugares remotos, en lugares otros, en lugares que encapsulan y a la vez aíslan el yo. No me refiero al desconocimiento ante una cultura distinta o la noción manoseada de “otredad” en algún contexto seudo postcolonial, acá se trabaja algo más elemental sobre el efecto del desplazamiento sobre la identidad y la soledad radical. Por un lado está la idea de que no existe tal cosa como un yo sin sus lugares, que uno nunca “es” sin su contexto, y los lugares no son lugares sin quién los transforme en eso, llevamos geografías dentro de nosotros que alteran los espacios a los que ingresamos y esos en turno nos modifican a nosotros. Por otro lado estamos atrapados en nuestro propio solipsismo, somos una jalea gris literalmente encerrada en nuestros cráneos, nunca abandonamos esa celda, y de cierta forma ese presidio en nuestras cabezas nunca nos permite realmente salir al mundo. El protagonista de Indios Verdes se encuentra en esta tensión entre estar en un lugar y atestiguar un lugar, como un metronauta separado de su entorno por un traje aislante y un casco de vidrio. Las primeras partes de la novela se refieren al cristal, a su anverso y reverso, se repite la experiencia del protagonista que observa el mundo desde el otro lado del vidrio, el cristal que intermedia la percepción y negocia la experiencia del DF. En cierto momento dice:

Al anverso del vidrio, fueron apareciendo nuevos y nuevos cerros con sus casas encaramadas… Me costaba imaginar la vida de alguien nacido allí, que ahí naciera un niño, que creciera o fuera feliz, de mi cabeza solo salían imágenes oscuras, matanzas, violaciones, trata de blancas, narcotráfico, miedo, silencio. Pero como conceptos, como peces al otro lado de un mundo sumergido, de un acuario de agua descompuesta. Quise guardar todas las imágenes vistas para algo que aún no acababa de comprender, y me fui acurrucando hasta quedarme dormido. Era un turista, y tenía sueño. Sigue leyendo

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Un lugar en las afueras: sobre “Indios Verdes”, de Emilio Gordillo

Por Betina Keizman*. Texto de presentación del libro, Espacio Estravagario, 12.04.2018

 

PORTADA INDIOS VERDESIndios verdes es un lugar en las afueras de Ciudad de México donde las estatuas de los guerreros mexicas Itzcóatl y Ahuizotl imprimen su presencia en un paraje de paso, la terminal de metros  y autobuses, desolada y bastante sórdida como toda terminal donde se cuente de a miles las personas que transitan cada día.  Hubo una versión anterior de Indios verdes, que la novela que tenemos entre manos refiere como  un escrito apurado, de alguien que no entendía México. Vale decir que el que leemos ahora es el escrito de quien que lo ha entendido, o lo entiende de otro modo. Leí esa primera versión, hace tres o cuatro años, y tuve dos impresiones iniciales que con el tiempo han hecho su propio camino: la primera, muy personal, es que compartía con Emilio esa fascinación difícil que también yo siento por México, y por la ciudad de México en particular. Esa sospecha de que en la ciudad, en sus comidas y en sus esquinas más o menos célebres respiran las infinitas capas de una historia transversal, algo doloroso pero profundamente vivo que descarta la indiferencia, la posibilidad de no  percibir en la carne una densidad que cruza tanto la vida de la Ciudad, con mayúscula, como las experiencias de sus habitantes anónimos. México es la raja, me dijo una vez un escritor chileno, con pizca de envidia- Me pregunté entonces, y me pregunto ahora, la raja de qué. Una ciudad armada, asesina, una ciudad aterrorizada, eso leemos en el libro de Gordillo. Por qué entonces ese horror destila hermosura, o  qué deformación moral nos permite que la respiremos hermosa.  En todo caso, creo que esa pregunta, o certeza molesta, está en las páginas de este libro.  Es algo que también entiendo como una búsqueda de referentes: cada vez que leo un libro mexicano que transcurre en DF, en el que se menciona una calle, la calle Hamburgo, por ejemplo, en un libro de Enrigue que acabo de leer, hago un esfuerzo mental que a veces ayudo con google por reconocer y recordar mi propia presencia en esa calle. Esa curiosidad que solamente la mirada de un extranjero puede tener hacia la ciudad que lo ha adoptado (porque son las ciudades las que nos adoptan, y no, nosotros a ellas), Emilio Gordillo lo comparte y lo ha hecho libro. En un principio, según él mismo escribe era “para asimilar una ciudad que sobrepasaba” sus capacidades. Porque, efectivamente, hablar de apropiarse es errado, la pobre expresión de un equívoco. La segunda impresión que tuve al leer aquella versión inicial de Indios Verdes, recuerden que mencioné dos impresiones preliminares, tal vez debiera guardármela porque es poco generosa; pero como de esta impresión se desprende una reflexión sobre la generosidad y el reconocimiento, finalmente elegí compartirla en esta presentación. Es una idea que surge de la presencia de Mario Bellatin en el libro, de él mismo hecho personaje, de las trazas de su propia escritura en la escritura de Gordillo, como si de algún modo el mundo Bellatin hubiera coaptado al mundo de Indios Verdes, o a la escritura de Emilio Gordillo, que se construye, hipotéticamente, de las frases que Bellatin borró de sus libros. Inicialmente eso me disgustó. Es cierto que el mismo Bellatin se lo permite, en la senda de muchos precursores, pero en general lo hacen, para curarse en salud, con artistas muertos o estableciendo relaciones que en nada puedan asemejarse a la del maestro y el discípulo, un riesgo que de ningún modo está neutralizado en Indios verdes. Se lo advertí a Gordillo, que, por supuesto, no me hizo caso-. Sin embargo, después de esta reflexión inicial, es decir, ahora, en esta lectura, pensé algo diferente. Especulé sobre la generosidad y el reconocimiento. Básicamente se me ocurrió algo que se suele desplazar al justo lugar de los epígrafes, a saber, hasta qué punto todos los escritores escribimos sobre otras trazas. Qué significa que este reconocimiento u homenaje, que esta sinceridad no quede relegada a una frase de epígrafe (algo que también aparece en este libro, con su epígrafe de Bellatin) sino que también se vuelva cuerpo y referencia. A mi parecer lo que significa es un reconocimiento de la escritura como asunto colectivo, no solo porque las experiencias individuales puedan ser las de uno y todos, por esa suerte de reconocimiento emocional o  intelectual al que todo buen libro nos empuja, sino también porque una novela es, con certeza, asunto colectivo. Toda escritura nace y se nutre de otras escrituras, y en vez de tratarse de una condición a esconder, debiera ser justamente un aspecto para ensalzar. Me parece que este gesto es central en Indios Verdes porque si de algo trata esta novela es de la escritura y la colectividad, o la escritura y el escritor, o la escritura y las experiencias individuales y colectivas del escritor. Es un hecho, esta novela habla de muchas cosas, o más precisamente, no habla de ellas pero permite que se introduzcan en el relato y desfilen con bastante arbitrariedad, con una definitiva renuncia a las reglas de la escritura medida, del argumento redondo, de la pieza de relojería en que eso que está aquí, saldrá por allí o tendrá acullá ese sentido preciso que ilumine al lector y que lo lleve a decir, finalmente:  “Ahhh, entonces ya lo entiendo, todo está en su lugar”. En la novela de Gordillo, por el contrario, nada está en su lugar, como los mismos indios verdes, que vaya a saberse por qué terminaron donde están ubicados si fueron construidos para una exposición universal a la que nunca llegaron, y finalmente asentados en las calles centrales de la ciudad de las que los expulsó el racismo solapado o, por qué no, alguna indisposición estética por estas esculturas bastante maltrechas. Lo que afirmo es que la escritura de Gordillo pone en funcionamiento una marea colectiva, siempre algo arbitraria, de lo que sucede, de lo que sucede a uno y de lo que sucede a otros, de lo que le sucede a ese escritor que llega a México, pero también de lo que aconteció con Alejandro Casarín y los obreros indios que realizaron la escultura de Indios verdes, incluso con los caballos que, según narra Gordillo, perecieron sacrificados en la búsqueda de un estéril gesto de violencia que luego se encarnara en las estatuas. No es acaso, cualquier relato, una historia de vencedores y víctimas, de lo que pereció en el ínterin, de quienes llegaron a buen puerto y de los que fueron borrados de la escritura y de la vida. Y qué pasa si una novela, tal como propone este libro, invita a quienes fueron borrados, y no por darle la palabra al mudo, un gesto siempre sospechoso de buena intención y soberbia, sino simplemente para inscribirlos, también a ellos, ni más ni menos que a los otros, al lado de quienes nacieron para protagonistas. Me parece que ese es el gesto de generosidad y reconocimiento que mencioné al principio, doblemente meritorio en un libro cuyo inicio abruma por un registro del yo, del escritor, de las infinitas vueltas del ombligo del egotragicismo, ese solipsismo tal vez muy masculino, si me permiten decirlo, y termina con las fotos de los otros, de amigos que fueron guías en esa inmersión en la ciudad. También en los últimas páginas aparecen las desgrabaciones de palabras sin ínfulas ni brillo lingüístico de personas, verdaderos don nadie, que pudieron estar en los alrededores de la estatuas de Indios verdes y que hablan, casi para no decir nada o porque no les importa.   Sigue leyendo

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Emilio Gordillo, escritor: “He tratado de irme de México y ya no me sale”

El autor chileno radicado en DF habla sobre su novela “Indios Verdes”, recién editada en Chile por Narrativa Punto Aparte, y sobre su experiencia en México y la forma en que ésta ha cambiado su propia percepción sobre la escritura. “Yo busco la transformación. Voy por el mundo buscando o siguiendo a personas que me modifiquen”, afirma.

 

Al final de la línea 3 del metro de la Ciudad de México, en el lado norte de la urbe, se encuentra la estación Indios Verdes. Es un lugar muy concurrido, una especie de frontera simbólica de la enorme capital mexicana que conecta con las periferias del DF. A algunos metros de la estación que lleva su nombre, se encuentran los Indios Verdes, dos voluminosas estatuas que representan a dos tlatoanis (gobernantes) mexicas que, tras un largo periplo plagado de rechazos, terminaron instaladas en ese sector de la ciudad. La pátina que cubre el bronce del que están hechos les dio el nombre coloquial de Indios Verdes.

Estos monumentos incomprendidos son también el punto de partida de la novela “Indios Verdes”, de Emilio Gordillo, quien desarrolla, a través de diversos momentos y enfoques escriturales, la experiencia de un chileno intentando comprender “la Ciudad de México y sus complejidades” y, asimismo, develando las claves y la evolución de su propia escritura.

PORTADA INDIOS VERDES Editado inicialmente en 2015 como ebook por el sello mexicano Malaletra, “Indios Verdes” llega ahora a Chile a través de editorial Narrativa Punto Aparte. Se trata de una edición “aumentada”, que incorpora un nuevo capítulo en un libro que se lee y se reescribe a sí mismo.

En la primera parte, “Al anverso del cristal”, el narrador, recién llegado a la capital mexicana en medio de una epidemia de influenza, relata en fragmentos sus impresiones del extraño DF y sus recuerdos de Chile. La segunda parte, “Al reverso del cristal”, es un texto que toma distancia del anterior, donde el narrador intenta sumergirse en el laberinto mexicano, en parte con sus propias derivadas y en parte en compañía de su amigo Mario Bellatin (quien además escribe la contratapa de este libro). El tercer capítulo, “El cristal”, es una huida hacia la ficción: el narrador toma la voz de un ayudante indígena del maestro Alejandro Casarín para relatar las dificultades creativas que tuvo el artista para dar forma a los Indios Verdes. La última parte, “El portal”, incorporada en esta edición, es un acercamiento a la realidad, donde el narrador se diluye para dar lugar a las voces de los propios mexicanos.

De paso por Chile –“he tratado de irme de México y ya no me sale”, confiesa el autor-, Emilio Gordillo (escritor, editor, profesor, autor de la novela “Croma”, de 2013) habla en extenso sobre su nuevo libro, su experiencia en México y su forma de concebir la literatura hoy, ad portas de iniciar un nuevo proyecto escritural. “Lo más importante es no dejar de aprender”, afirma.

            -¿Qué inspiró la creación de esta novela? ¿Por qué has elegido el hito de los Indios Verdes como el eje central del libro?

-El primer texto que escribí al llegar a Ciudad de México está en este libro. Llegué 2009, cuando fue lo de la influenza y la ciudad no se parecía en nada a lo que debía ser. Vi a los Indios Verdes en una zona periférica y me parecieron muy raros. Son unas estatuas de bronce que el tiempo volvió verdes. Los dos últimos tlatoanis mexicas, enormes, musculosos, de formas griegas. Con el tiempo me obsesioné con ellos y descubrí que los habían encargado para la Feria Universal de París de fines del siglo XIX, donde los países del mundo iban a presumir sus logros modernos, pero a último momento el envío fue rechazado. Empecé a preguntarme cómo habían llegado hasta el límite norte de la ciudad, y por qué durante todo el siglo XX los corrieron de un lado para otro, cada vez más lejos. Descubrí que los ricos los quitaron del Paseo de la Reforma porque los encontraban feos y luego peregrinaron por toda la ciudad hasta quedar en la periferia norte. Lo que más me fascinó es que su nombre es una construcción popular: no se llamaban Indios Verdes, la gente los fue nombrando así porque el bronce se tornó verdoso. Y así, un territorio limítrofe inmenso se llama hoy Indios Verdes, y los habitantes que la ciudad quiere expulsar se identifican con ellos, que, la verdad, parecen más superhéroes de Marvel que indígenas. Era un extranjero, creía entender algo de México pero en realidad era muy torpe, plano, un chileno que, como decía Raúl Ruiz, no sabe salir de sí mismo; y me fasciné con estas figuras extranjerizadas. Este libro muestra cómo mi percepción de la escritura cambió en un lapso de nueve años en México. Sigue leyendo

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Contrariando a la movida ultrarrealista y naturalista de la reciente narrativa chilena, el autor (Santiago, 1986) elabora un panorama exagerado y monstruoso del Chile actual, a través de elementos propios de nuestra cultura popular: fútbol, televisión, dictadura.

Por Carlos Crisóstomo / Publicado en El Desconcierto / 11.01.2018

portada se vende humoEs difícil mantener un pacto con la ficción. Un pacto de distancia o desprendimiento. Muchas veces he contado anécdotas que no me han sucedido, que quizá son parte de un libro, pero que me han calado tan profundamente que he creído mías. Son como historias de amigos que uno lleva en los bolsillos para ponerlas sobre la mesa de un bar, donde se conocen nuevos amigos, que a su vez llevan sus propias historias que funcionan como nuevas fuentes de chanterío.

Entonces uno podría hablar de un amigo que se llama Aniceto Hevia y que es hijo de un reconocido ladrón, un choro internacional que roba puros productos de calidad en Europa. Pero que este cabro es un buen chato y que no está ni ahí con la farándula del hampa y quiere mantenerse al margen. Y otro parroquiano, Joaquín Escobar por ejemplo, autor del conjunto de cuentos Se vende humo (Narrativa Punto Aparte, 2017), podría añadir que este muchacho Hevia junto a su compinche Silvio Astier sodomizaron a un tal Clemente, un escritor pirómano. O que un jugador de fútbol chanchero llamado Manuel Rojas es expulsado tras reventarle la nariz a un tal Arlt. O que un amigo que se fue a la playa en bicicleta se cruzó con un paco, el oficial Vonnegut, dirigiendo el tránsito en una carretera llena de cuerpos mutilados. Todo con una naturalidad al borde del chascarro. Porque la venta de humo es aquí una especialidad, un talento innato. Y uno se lo cree, lo considera una posibilidad, porque no conoce a los personajes antes mencionados o porque los conoce tanto que ha llegado a incorporarlos en las ficciones, en los chamullos de su literatopísima vida.

Si tuviera que diseccionar Se vende humo, hacerle una autopsia –aunque espero tenga larga vida– lo picaría finito en mi tabla de esta manera:

 

Reflexiones sobre la lectura y escritura

A muchos personajes de estos cuentos les gusta escribir o son –para su desgracia– escritores; la mayoría –en pos de la sensatez– lectores. Se percibe, sin embargo, la preferencia por el ejercicio pasivo y la odiosidad hacia la figura del autor: “Los escritores escriben en torno a pautas culturales mercantiles, es decir, responden a temáticas que quieren ser leídas” (37), dice un profesor en medio de una clase. También hay una negación a considerarse escritor, una evasiva que asociamos a una lógica pesimista y al ‘no estar ni ahí’ con cierto círculo intelectual: “no soy escritor. Escritor era Bolaño. Yo soy un pobre huevón que intenta redactar cuentos sin tantos gerundios” (87), le dice un trabajador de un call center a una estudiante de literatura a quien cuentea sobre Carver y Bukowski, gracias a la ayuda de un amigo loco y Wikipedia. O bien: “no, soy lector. No me gusta el Barrio Lastarria” (120), contesta un tal Pratto a la pregunta de rigor que le hace una chica en medio del joteo. Encontramos, además, buenos consejos para aumentar el placer de leer, como quemar los libros después de devorarlos, porque una relectura jamás tendrá el mismo sabor de la primera vez. O una hoja arrugada de una obra de Fabián Casas resistiendo a deshacerse en el fondo del mar que dice: “no es necesario leer mucho para entender los libros, es necesario vivir” (161).

Entrecruces

Pululan por los relatos varios estudiantes de carreras humanistas e hinchas de fútbol. Se oyen canciones de Salvatore Adamo, Zalo Reyes, Roberto Carlos y José Luis Perales. Personajes que comen comida chatarra van al Doggis, al McDonald’s, al Burger King y al Kentucky. Galanes que copian frases para engrupir. En seis cuentos aparece un gato (o gata) enfermo o muerto o blanco, aunque no estoy seguro: “Al igual que en la literatura no tengo certezas. O quizás sí, porque mi única certidumbre es que me espera en mi departamento una gata blanca y sorda que todos los días muere un poco” (137). Menciones al detective Heredia. Refrigeradores abastecidos con cabezas en casas de ambiente enrarecido. Gente que se llama Pratto. Mucho sexo, hartas balas.

Escritores, literatura y violencia

Muchos escritores y personajes literarios atraviesan estas páginas. Pero las atraviesan también otras cosas, punzan la piel y se convierten en representaciones de dolor: “una japonesa de pechos operados que en su escápula derecha tenía un tatuaje de Yasunari Kawabata” (24), una adolescente que en las pantorrillas lleva la imagen del Quijote y Sancho Panza (138). Esta última en una historia distópica titulada “Aeropuertos y cuervos en lápiz grafito”, donde el mundo ha perdido sus libros, en un infierno en que es delito leer. Huesos ardiendo junto a los cuentos de Kafka, prisiones subterráneas interconectadas con tubos, lecturas sanguinolentas, oraciones, versos como navajas: “Se leen pasajes de Henry Miller. / Se cercena un dedo. / Se leen pasajes de ‘El almuerzo al desnudo’. / Se cercena otro dedo. / Se leen pasajes de ‘El aullido’. / Se cercena una mano” (141). Suicidios sobre bibliotecas personales, solapas como barras de un féretro, lectores desesperados: “Abre el ataúd: adentro hay libros […] Se acuesta sobre los libros, como si fueran un colchón. Extrae de un bolsillo una cuchilla. La empuña con su mano derecha y comienza a darse puñaladas por todo el cuerpo. Cuellos, pulmones, ombligo, ingle. Todo se desangra” (143). Cementerios de libros y de autores, personajes y leedores, cubiertas como epitafios. En otro cuento, “El transformador”, se narra lo siguiente: “En silencio recorrimos las agrietadas y abandonadas tumbas, fijándonos en cada nombre […] Lacouture Auxilio, Huidobro Vicente […] Heredia” (127).

Fútbol y guerrillas

En “La 3 de Manuel Rojas” dos hermanos hacen lo imposible por conseguir una camiseta de fútbol de Rojas. Matan a quien tengan que matar, pues les encanta la violencia en el fútbol: son fanáticos de la Copa Libertadores, de las patadas, codazos y planchazos de ese campeonato. Provocan tal gresca, entre venganzas que van y vienen, que incluso una guerrilla entrenada por la FARC –liderada por un Raimundo que bien podría ser uno de los protagonistas del relato “Raimundo, el Bototo y la Pacheco”, también dedicado a la formación de guerrillas urbanas– se mete en el asunto y aporta dos elefantes que son usados como aplanadoras de carne humana. Una masacre por la tenencia de esa reliquia, en desmedro de otras camisetas como “la número cuatro con que Jorge Teillier jugó un combinado playero contra la selección de poetas argentinos de todos los tiempos” (61) o “la número dos con que Claudio Bertoni jugó un partido de baby fútbol de los poetas del litoral contra los vates de Santiago” (61).

Dictadura

Entremos en este libro como en una casa. Observemos detenidamente un retrato de Miguel Krassnoff colgando de la pared (22). Avancemos hacia la cocina, miremos el refrigerador, repleto, hecho un collage, con fotos de Jaime Guzmán (39) gracias al arte de una madre facha pobre. Vamos al living, encendamos la tele, acomodémonos en el sillón. Veamos programas clásicos de la televisión chilena y escuchemos a un profesor hablar de ellos: “Sábados gigantes y El jappening con ja crearon una doble realidad cuando estaban los milicos. Mientras a un hombre le electrificaban los testículos, Espinita se acomodaba la peluca. Mientras alguien se ganaba un televisor, torturaban a una embarazada” (43). Cambiemos de canal, un matinal. Bien, veamos que nos pronostica el horóscopo, en tanto el profesor sigue con su perorata: “A mediados del siglo XX existían consignas ideológicas para construir una sociedad distinta, hoy eso lo desfiguraron. A la gente le hicieron cambiar los proyectos colectivos por imbecilidades como los ángeles, las energías y las brujas. Es así como se construye esta mierda de país” (45). Apaguemos la tele. Dejemos al profesor discurseando solo. Abramos una puerta, una escalera, bajemos: el subterráneo. Olor a perro mojado, una sombra. Prendamos la luz, estudiemos el cadáver embalsamado de Ingrid Olderock (74). Mejor subamos, regresemos a la cocina y busquemos algo para comer. Carne, hay carne. Carne fileteada por el Mamo Contreras, un carnicero apolítico, doble del Mamo, que tuvo que reemplazarlo después de que el jefe de la DINA muriera hecho pedacitos en una explosión en Escuela Militar (94). Se nos quita el hambre, vamos a la pieza a recostarnos en la cama. Miremos una foto de Borges con Pinochet (162) en el velador. Tratemos de dormir, aunque haya ruido, aunque tiemblen los vidrios de las ventanas. “Se escuchan balazos en los bosques, es el eterno retorno del 73”. Cerremos los ojos, tratemos.

Venden humo

La preparación de una tarta de espárragos. Las flores de Bach, el yoga y el reiki. Las performances. Los premios literarios. Murakami, Jack Kerouac y la generación beat; Brooklyn Follies de Paul Auster. Creedence y Vicentico. Alexis Sánchez y la selección de fútbol portuguesa. Pepe Mujica y la transición a la democracia. AmélieEterno resplandor de una mente sin recuerdos y La vida es bella. Los domingos melancólicos y tristes de trovadores y poetas. El azar. El orgullo.

Los efectos psicológicos posteriores a un aborto. La ciencia. El alma del ser humano. Esta reseña.

 

 

 

 

 

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“Ha llegado carta”: sobre “Manual para tartamudos”, de Gonzalo León

Por Joaquín Escobar*

Publicado en “El policlínico de los libros”, La Estrella de Valparaíso, 10.01.2018

 

LA ESTRELLA_10012017Un chileno redacta cartas desde Buenos Aires a un destinatario -tal vez imaginario- que nunca es capaz de responderle. Le narra su cotidianidad como consumidor de supermercados chinos, los trayectos por una ciudad que le resulta ajena y los encuentros sexuales con una mujer a la que denomina “la loca del barrio”. Las misivas se multiplican y las contestaciones no llegan. De esto se trata “Manual para tartamudos”, el último libro de Gonzalo León, publicado por Narrativa Punto Aparte.
Ilustrado en su portada con el acrílico “Sorpresa en la calle”, del chileno Jorge Carrillo, el libro se posiciona como un escrito novedoso y arriesgado, que huye de la literatura de los niños durante la dictadura que se ha apropiado de las plumas de los escritores chilenos en los últimos años.
Las cartas enviadas están narradas con delirio y exageración. Son monólogos obsesivos que intentan dar cuenta de estados anímicos, construcciones urbanas y figuras imaginarias. El narrador se pasa tardes completas observando los inexistentes libros que supuestamente están ordenados en su biblioteca, mientras que en sus paseos por las inmediaciones del Congreso se encuentra con una manifestación de sordos que exigen libertad.
La figura de lo delirante es el esqueleto de cada una de las misivas, y si bien es cierto que un texto donde abunden los desvaríos puede resultar intragable por las alucinaciones mismas, “Manual para tartamudos” funciona como un epistolario autobiográfico en donde no existe un abuso de lo febril, pues todo se enmarca en el contexto de un personaje que habita una incesante búsqueda interior vinculada a una acción que realizó en el pasado. Sigue leyendo

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