Por Sebastián Grant del Río. Publicado en El Sur de Concepción, 10.07.2016
¿Por qué debería interesar «La generación porteña», libro que los autores Marcela Küpfer y Carlos Lastarria dedican a la escena pictórica de Valparaíso desarrollada entre los años 30 y 60 del siglo pasado?
La respuesta es muy simple. Se llama Jim Mendoza, pintor oriundo del Biobío (1905-1963). «Es algo así como un Van Gogh. Su historia es muy particular, conmovedora, terrible y genial a la vez», explica la autora sobre el artista oriundo de Lebu, quien fue parte del grupo de creadores, que motiva la investigación y realidad del libro editado por Narrativa Punto Aparte (2015).
El resultado de esta aventura escritural, donde se devela la obra y vida de siete destacados artistas asentados en Valparaíso, será presentada el miércoles -18.30 horas-, en la Pinacoteca UdeC. Un momento que, sin duda, servirá para conocer desde la distancia del tiempo y el espacio, la figura de Mendoza.
La inmensidad del desierto, con su pesado manto de silencio y soledad, ha sido un singular y requerido escenario para poetas y narradores que ven en los yermos paisajes nortinos y en la vida de sus hombres y mujeres, acaso una metáfora de un país a veces desolador y duro con su gente. Un espacio propicio para el delirio, el fracaso y la muerte, pero de un encanto único y poseedor de una carga histórica determinante en la historia nacional. Así, desde Neruda a Raúl Zurita, pasando por las novelas de Volodia Teitelboim (Hijo del salitre), Andrés Sabella (Norte grande) y Hernán Rivera Letelier (La reina Isabel cantaba rancheras), han recorrido estos territorios y la vida de sus habitantes en sus obras.
Un libro recorre la vida de siete artistas que vivieron y pintaron Valparaíso a principios del siglo XX. Personajes casi invisibles para la historia del arte nacional, hoy son puestos en valor como la Generación Porteña.
Convengamos, por una parte, en que el norte chileno -más allá del espejismo de progreso que se vende y compra a sí mismo- es un paisaje plagado de personajes grotescos, déspotas e infames. Un escenario extremadamente adverso y casi intratable en el que reina un chovinismo, por decir lo menos, penoso. Y, por otra, en que Juan José Podestá, tocopillano criado y crecido en Iquique, a pesar y/o por esto mismo, ha logrado desarrollar un potente imaginario que, no obstante, está forjado bajo la sombra del cerro Esmeralda, le da la espalda a la postal cavanchina, y decide mantenerse lejos de los aires de gloriosa campeona que, desde hace décadas, hacen agua en la ciudad.