Un exilio sentimental

Por Damián Ríos*

portada-manual-para-tartamudosVamos a empezar y terminar citando la novela, porque la cita es el modo más modesto de la crítica, y también el modo más ambicioso, y ambición y modestia no le faltan a Manual para tartamudos:

“24 de diciembre de 2011

Mi muy entrañable:

Estoy intentando instaurar un modo de pensar basado en 1) la observación naturalista 2) la intuición como moral 3) el desprejuicio estético 4) la irrelevancia absoluta de los sentimientos del otro 5) el más estricto apego al mandamiento de amar al prójimo 6) la destrucción de los preceptos anteriores 7) la construcción de nuevos paradigmas 8) el uso en el lenguaje de palabras o expresiones que denoten incertezas, como “al parecer”, “creo que” o “imagino tal vez” 9) la primacía de la fe en el individuo 10) el fin de cualquier tipo de conclusiones, inclusive ésta”.

Manual para tartamudos es una novela epistolar, y aunque cumple con todos los requisitos del género, la definición no le hace justicia. Mejor podríamos decir que Manual para tartamudos es una novela que también es epistolar, que se inscribe en esa tradición de un modo moderno, actual, sin ironías, pero que tampoco eso es toda la novela. Hecha de una prosa rítmica, elegante, con una sintaxis perfecta, con chispazos de humor y buenas descripciones y retratos, que se llevan muy bien con el tono de la novela, y con la trama, que incluye a un remitente chileno en Buenos Aires, una emigración o un exilio, un corresponsal chileno que no contesta las cartas y un editor que ordena el material e introduce notas al pie con comentarios que lo hacen un personaje más, e incluso una ciudad, Buenos Aires, que además de paisaje también funciona con los dispositivos de un personaje más.

“Todas las ciudades son insoportables si uno las piensa mucho, mejor es vivirlas, transitar por ellas, por sus bares, por su aires, por la lluvia, en fin, por su naturaleza. Porque toda ciudad, aparte de sus parques y plazas, tiene su propia naturaleza”.

Nos conmovemos con esa frase, como nos conmoveríamos ante un cuadro, o ante el mar o ante la representación del mar en un cuadro. Pero eso no es todo, no todo es poesía: la novela va creciendo en tensión narrativa. La novela narra un exilio, que tal vez no sea político o económico, que tal vez sea un exilio sentimental y también podría decirse que es un exilio voluntario pero ninguno lo es del todo. Del extrañamiento que le provoca su situación –una casa nueva, otra ciudad, nuevos trabajos: otra vida- salen esas cartas que dan cuenta de la vida cotidiana del remitente. No hay nada más extraño que la vida cotidiana podría afirmar, si es que la literatura tiene algo que afirmar, esta novela. Pero la literatura no puede afirmar nada y es en esa negación en la que se escribe.

“Disculpa por aburrirte con mi rutina, sé que tienes bastante con la tuya, pero algo me motiva a detallarla”.

Manual para tartamudos hace acordar a los últimos libros de Mario Levrero, desde el Discurso vacío en adelante: lo que se cuenta es mínimo pero ocupa toda la existencia del escritor, siempre es banal, menor, aunque se trate de un exilio, una muerte o de un asesinato. Es que dispuestos a leer una novela epistolar, el lector se verá sorprendido, porque Manual para tartamudos, como todas las buenas novelas, y me animo a decir que Manual… es excelente o extraordinaria, se sobrepone a su propio género y todo el tiempo se dispara hacia otras regiones de la literatura. Es decir, Manual para tartamudos no es lo que parece. No se trata sólo de otra novela epistolar, aunque justamente por transcurrir en el siglo XXI el anacronismo del procedimiento le suma extrañeza al texto; no se trata de otra novela sobre el exilio político o económico o sentimental, que en todo caso se parecen mucho. Como todas las novelas de todos los tiempos que se precien, podríamos decir que ésta es una novela de aventuras: las aventuras de un chileno en Buenos Aires, los recuerdos de sus aventuras en Chile, la aventura de vivir cada día como una experiencia excepcional, etc. Todo es digno de contar, de describir, de escribir. Por eso mismo, el texto alerta diciendo:

“uno cree la mitad de las cosas escritas”.

Ésta es una frase para tener presente, sabemos que la literatura no tiene nada que ver con la verdad, y que toda escritura es un doblez, pero justamente esa frase podría ser el corazón de la novela, el punto trama del que hablaba Osvaldo Lamborghini y desde el que se ve “la misma luz en todas partes”.

En una novela reciente de César Aire, titulada justamente Una aventura, el narrador se las arregla para no contar esa aventura. Esa tradición argentina, que incluye a Lamborghini, Aira, Strafacce, Katchadjian y a muchos más, también incluye a Gonzalo León. Ésta es una novela argentina de un escritor chileno, Gonzalo León, escrita desde el corazón más vital de la narrativa argentina contemporánea. Finalmente, como todas las buenas novelas, esta también tiene su modo de decir: “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme” o, más exactamente, como escribe Gonzalo León:

“ESTIMADO AMIGO:

Perdona por no haberte escrito antes, pero en realidad no me había pasado nada en estos años que valiera la pena contar. Quizás pongas en duda esta afirmación, pero el resumen de estos años es mi vivía imagen frente a un computador, frente a una barra en un bar, frente a la parada del colectivo, frente a gente desconocida, frente a mujeres que no me atreví a abordar, frente a la nada”.

 

*Escritor y editor del sello Blatt & Ríos. El presente texto corresponde a la presentación de la novela “Manual para tartamudos”, de Gonzalo León, realizada en Bar Varela Varelita, Buenos Aires, Argentina, el 9 de junio de 2017.
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Archivado bajo "Manual para tartamudos", Gonzalo León

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