“Matanzas”, un neopolicial inusitado

Por Eddie Morales Piña

La opera prima de Francisco Morales (Santiago, 1992) es perfecta. Generalmente, tal afirmación va al final de un comentario crítico acerca de una obra; en este caso, no me cabe otra que decirlo desde el comienzo. El autor ha escrito una novela que -en su brevedad- encapsula todos los elementos narrativos que hacen que el relato tenga aquello que muchos lectores le exijan a un texto: una calidad atrapante desde el principio. Quien se enfrente a “Matanzas” no le quepa la menor duda que no podrá dejar de leer la historia.

He puesto en el título de esta crónica que estamos frente a un neopolicial inusitado. Efectivamente, se trata de una novela donde hay un hecho luctuoso, un hecho de sangre, que se asocia con el nombre del relato “Matanzas”. El sustantivo tiene varias asociaciones que nos indican derramamiento de sangre. En consecuencia, resulta que- metafóricamente- el texto de Morales se conecta con una larga saga o estirpe de relatos en la literatura chilena que aluden a la mortandad numerosa o única: “Todas esas muertes”, “Cien gotas de sangre y doscientas de sudor”, “Sesenta muertos en la escalera”, por nombrar algunas canónicas obras que son del gran Carlos Droguett. El relato de Francisco Morales me procura la sensación de que estoy frente a un escritor que sabe cómo estructurar una historia que tiene como referente el hecho delictivo, pero que lo hace de una manera inusitada. Entramos en contacto con un neopolicial donde no hay un investigador o un policía tipo novela negra que nos revele el hecho. Este relato es un neopolicial cercano al thriller.

La novela de Morales es provocativa en el sentido estético del término, porque desde la portada intuimos que iremos por un sendero diferente. El paratexto que es la portada –y por ello, la apertura-, pareciera que nos llevara a unas cuantas décadas atrás. El vehículo nos remonta tal vez a los cincuenta del siglo pasado. La imagen está dividida en dos: en lo superior, el vehículo; en la inferior, dos hombres que suben con sus tablas de surfear, mientras que unas ominosas raíces de los árboles son como tentáculos que quisieran atrapar a los individuos que escalan. La mención a las tablas no es accidental: forman parte esencial del relato los surfistas. El cronotopo es Matanzas, ahora está sin comillas, porque alude a la localidad del mismo nombre donde se sitúa la historia. En esta localidad pesquera transformada en el lugar adecuado para surfear convergerán los protagonistas del relato: los tres surfistas que buscarán en Matanzas una respuesta a sus inquietudes existenciales, compartiendo con los pescadores y los enigmáticos personajes del bibliotecario que posee los secretos de Levallois, el ex miembro de la Legión Extranjera y el hijo de este, un ermitaño predicador.

Francisco Morales ha construido la novela sobre la base de una multiplicidad de voces. El narrador principal pareciera estar ausente. Lo anterior le da el suspenso necesario a la historia. Por eso que se acerca al thriller como formato. La incertidumbre y la ansiedad se transmiten al lector/a a medida que transcurre el relato que se estructura a partir de actas judiciales, informes médicos y testimonios. En este sentido, el narrador básico deja transparentar las diversas perspectivas en torno a lo que se investiga, de tal modo que el texto es un verdadero mosaico narrativo. Entre paréntesis, algo de “Rashomon” de Akutagawa Ryunosuke, el cuento que luego Akira Kurasawa transformara en un filme famoso, o de “El hombre” de Juan Rulfo, hay en la novela de Morales como estrategias discursivas.

En definitiva, “Matanzas” de Francisco Morales es una novela trepidante que captura al lector/a no sólo por la forma en que se presenta la historia, sino por la indudable capacidad fabuladora de su autor que logra un relato perfecto, como lo dije al principio.

(“Matanzas” de Francisco Morales. Valparaíso: Narrativa Punto Aparte. 2019. 114 páginas).

 

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