Por Juan Pablo Belair. Publicado en Ojo en Tinta, 02.08.2018
Ante mí, “Se vende humo” de Joaquín Escobar. Abro la primera página como quien abre una puerta. Allí dentro me encuentro a un intelectual organizando sus lecturas en una biblioteca que llamará: estilo propio. Al fondo, otra puerta, la abro, y veo a un hincha del fútbol con una camiseta patchwork de los clubes sudamericanos más importantes. Más adentro, en lo profundo, un niño busca en sus pares el significado de la amistad, y quizás va más allá, al sentido de la masculinidad en esos tiempos. Escondida, al final de todo, la última puerta. ¿Qué hay adentro? 12 puertas minúsculas por las que se entrevé una única historia, acaso la propia, pugnando contra sí misma, en un acto heroico de trascendencia desde los márgenes de todo para no quedarse en una venta de humo.
Esta última expresión, tan futbolera como trasandina (aunque suene redundante), describe al acto consciente de aparentar lo que no se es y ufanarse de aquello. Pero para quien observa y advierte el engaño –vender nada–, no solo el acto, la persona vende humo, pierde valor, y si es que lo tuvo. El narrador de estos fragmentos literarios, así (con algo de Levrero, algo de Casas, pero con mucho propio), se transforma en un centinela y libertario a la vez de la venta de humo como forma de vida, como sistema político, como clave de las relaciones humanas. Y lo hace con rabia, con escepticismo, con agudeza e ironía, pero también con candidez y desde una posición de ácrata poco comprometido que prefiere abrir puertas a mundos oníricos donde la realidad se difumine o en el peor de los casos se transforme en un mal sueño del cual despertar en su cama adolescente. Sigue leyendo
Daniel Plaza ha pensado la metáfora del desierto como señuelo, como título y como camino incierto y misterioso de un territorio donde nada es seguro, aridez afectiva como llave, incertidumbre como pliegue y juego espectral en las vidas de 4 voces que acompañan esta novela. Desde El corredor, su primer texto, por cierto, fundacional de su poética, Plaza ha corrido y ha vuelto sobre ese imaginario espacial. Desde El corredor como huella de su primera narrativa, donde lo espacial es fundamental como materialidad y como delirio de otro tiempo, o como cita de un posible imaginario, nos encontramos con Desierto, que actuaría como campo extendido donde las vidas precarias o nuda vida, o biografías en suspenso, construyen un diario colectivo, o de narrativas que configuran cierto modo de habitar el mundo.