Archivo de la etiqueta: Betina Keizman

Un lugar en las afueras: sobre “Indios Verdes”, de Emilio Gordillo

Por Betina Keizman*. Texto de presentación del libro, Espacio Estravagario, 12.04.2018

 

PORTADA INDIOS VERDESIndios verdes es un lugar en las afueras de Ciudad de México donde las estatuas de los guerreros mexicas Itzcóatl y Ahuizotl imprimen su presencia en un paraje de paso, la terminal de metros  y autobuses, desolada y bastante sórdida como toda terminal donde se cuente de a miles las personas que transitan cada día.  Hubo una versión anterior de Indios verdes, que la novela que tenemos entre manos refiere como  un escrito apurado, de alguien que no entendía México. Vale decir que el que leemos ahora es el escrito de quien que lo ha entendido, o lo entiende de otro modo. Leí esa primera versión, hace tres o cuatro años, y tuve dos impresiones iniciales que con el tiempo han hecho su propio camino: la primera, muy personal, es que compartía con Emilio esa fascinación difícil que también yo siento por México, y por la ciudad de México en particular. Esa sospecha de que en la ciudad, en sus comidas y en sus esquinas más o menos célebres respiran las infinitas capas de una historia transversal, algo doloroso pero profundamente vivo que descarta la indiferencia, la posibilidad de no  percibir en la carne una densidad que cruza tanto la vida de la Ciudad, con mayúscula, como las experiencias de sus habitantes anónimos. México es la raja, me dijo una vez un escritor chileno, con pizca de envidia- Me pregunté entonces, y me pregunto ahora, la raja de qué. Una ciudad armada, asesina, una ciudad aterrorizada, eso leemos en el libro de Gordillo. Por qué entonces ese horror destila hermosura, o  qué deformación moral nos permite que la respiremos hermosa.  En todo caso, creo que esa pregunta, o certeza molesta, está en las páginas de este libro.  Es algo que también entiendo como una búsqueda de referentes: cada vez que leo un libro mexicano que transcurre en DF, en el que se menciona una calle, la calle Hamburgo, por ejemplo, en un libro de Enrigue que acabo de leer, hago un esfuerzo mental que a veces ayudo con google por reconocer y recordar mi propia presencia en esa calle. Esa curiosidad que solamente la mirada de un extranjero puede tener hacia la ciudad que lo ha adoptado (porque son las ciudades las que nos adoptan, y no, nosotros a ellas), Emilio Gordillo lo comparte y lo ha hecho libro. En un principio, según él mismo escribe era “para asimilar una ciudad que sobrepasaba” sus capacidades. Porque, efectivamente, hablar de apropiarse es errado, la pobre expresión de un equívoco. La segunda impresión que tuve al leer aquella versión inicial de Indios Verdes, recuerden que mencioné dos impresiones preliminares, tal vez debiera guardármela porque es poco generosa; pero como de esta impresión se desprende una reflexión sobre la generosidad y el reconocimiento, finalmente elegí compartirla en esta presentación. Es una idea que surge de la presencia de Mario Bellatin en el libro, de él mismo hecho personaje, de las trazas de su propia escritura en la escritura de Gordillo, como si de algún modo el mundo Bellatin hubiera coaptado al mundo de Indios Verdes, o a la escritura de Emilio Gordillo, que se construye, hipotéticamente, de las frases que Bellatin borró de sus libros. Inicialmente eso me disgustó. Es cierto que el mismo Bellatin se lo permite, en la senda de muchos precursores, pero en general lo hacen, para curarse en salud, con artistas muertos o estableciendo relaciones que en nada puedan asemejarse a la del maestro y el discípulo, un riesgo que de ningún modo está neutralizado en Indios verdes. Se lo advertí a Gordillo, que, por supuesto, no me hizo caso-. Sin embargo, después de esta reflexión inicial, es decir, ahora, en esta lectura, pensé algo diferente. Especulé sobre la generosidad y el reconocimiento. Básicamente se me ocurrió algo que se suele desplazar al justo lugar de los epígrafes, a saber, hasta qué punto todos los escritores escribimos sobre otras trazas. Qué significa que este reconocimiento u homenaje, que esta sinceridad no quede relegada a una frase de epígrafe (algo que también aparece en este libro, con su epígrafe de Bellatin) sino que también se vuelva cuerpo y referencia. A mi parecer lo que significa es un reconocimiento de la escritura como asunto colectivo, no solo porque las experiencias individuales puedan ser las de uno y todos, por esa suerte de reconocimiento emocional o  intelectual al que todo buen libro nos empuja, sino también porque una novela es, con certeza, asunto colectivo. Toda escritura nace y se nutre de otras escrituras, y en vez de tratarse de una condición a esconder, debiera ser justamente un aspecto para ensalzar. Me parece que este gesto es central en Indios Verdes porque si de algo trata esta novela es de la escritura y la colectividad, o la escritura y el escritor, o la escritura y las experiencias individuales y colectivas del escritor. Es un hecho, esta novela habla de muchas cosas, o más precisamente, no habla de ellas pero permite que se introduzcan en el relato y desfilen con bastante arbitrariedad, con una definitiva renuncia a las reglas de la escritura medida, del argumento redondo, de la pieza de relojería en que eso que está aquí, saldrá por allí o tendrá acullá ese sentido preciso que ilumine al lector y que lo lleve a decir, finalmente:  “Ahhh, entonces ya lo entiendo, todo está en su lugar”. En la novela de Gordillo, por el contrario, nada está en su lugar, como los mismos indios verdes, que vaya a saberse por qué terminaron donde están ubicados si fueron construidos para una exposición universal a la que nunca llegaron, y finalmente asentados en las calles centrales de la ciudad de las que los expulsó el racismo solapado o, por qué no, alguna indisposición estética por estas esculturas bastante maltrechas. Lo que afirmo es que la escritura de Gordillo pone en funcionamiento una marea colectiva, siempre algo arbitraria, de lo que sucede, de lo que sucede a uno y de lo que sucede a otros, de lo que le sucede a ese escritor que llega a México, pero también de lo que aconteció con Alejandro Casarín y los obreros indios que realizaron la escultura de Indios verdes, incluso con los caballos que, según narra Gordillo, perecieron sacrificados en la búsqueda de un estéril gesto de violencia que luego se encarnara en las estatuas. No es acaso, cualquier relato, una historia de vencedores y víctimas, de lo que pereció en el ínterin, de quienes llegaron a buen puerto y de los que fueron borrados de la escritura y de la vida. Y qué pasa si una novela, tal como propone este libro, invita a quienes fueron borrados, y no por darle la palabra al mudo, un gesto siempre sospechoso de buena intención y soberbia, sino simplemente para inscribirlos, también a ellos, ni más ni menos que a los otros, al lado de quienes nacieron para protagonistas. Me parece que ese es el gesto de generosidad y reconocimiento que mencioné al principio, doblemente meritorio en un libro cuyo inicio abruma por un registro del yo, del escritor, de las infinitas vueltas del ombligo del egotragicismo, ese solipsismo tal vez muy masculino, si me permiten decirlo, y termina con las fotos de los otros, de amigos que fueron guías en esa inmersión en la ciudad. También en los últimas páginas aparecen las desgrabaciones de palabras sin ínfulas ni brillo lingüístico de personas, verdaderos don nadie, que pudieron estar en los alrededores de la estatuas de Indios verdes y que hablan, casi para no decir nada o porque no les importa.   Sigue leyendo

Anuncios

Deja un comentario

Archivado bajo "Indios Verdes", Emilio Gordillo

Las dificultades del tartamudo para llegar al punto final

Por Betina Keizman*

portada-manual-para-tartamudosNunca sabremos hasta qué grado todos los libros están ligados a la experiencia. No es un vínculo que viva solamente en clave de realismo, tampoco es que la experiencia sea una fuente más o menos bizarra de anecdotarios múltiples, aunque a veces, ese sea el caso. Los escritores somos buenos vampiros. Siempre se nota cuando un libro sigue el trazo de una experiencia vital. Hay una desprolijidad que el buen lector reconoce, se me hace que es como las asperezas en un mueble de madera, cuando adivinamos que en esa arista o en esa cuña,  el artesano estaba enojado, o triste, o iracundo, perplejo o simplemente entusiasta. Ese vínculo con la experiencia se reconoce en este manual para tartamudos de Gonzalo León. Sabemos que Gonzalo vive desde hace varios años en Buenos Aires, y la experiencia de migrante está en su libro, pero no solamente en la curiosidad y desvarío por la nueva ciudad, creo que también hay una migración enlazada a la literatura, a nutrirse de un mundo literario que es el de cierto circuito porteño, amigo del juego de las atribuciones múltiples o de un realismo delirante, que Gonzalo agregó a una mirada suya, anterior, de cronista insolente. Es riesgoso pensar en términos de qué es lo que uno recibe de un nueva ciudad, qué es lo que traemos con nosotros, qué puede nacer de esa mixtura, o de ese monstruo de cinco cabezas. En cualquier caso, se trata de una ganancia de vida cada vez más contemporánea, porque somos muchos los que hemos vivido de modo permanente o transitorio, en las estancias de escritura, tan de moda, por ejemplo, ese intercambio que está en conocer lo otro y medir lo propio.

Tal vez sea una experiencia de tartamudos. El modo en que el tartamudo lucha para expulsar las palabras, para escupir un significado  es una experiencia física. Es la palabra contra la lengua, contra la garganta, algo áspero que juega en contra porque el pensamiento va más rápido y el cuerpo no le sigue el trote. Se resiste, a contracorriente de un acto que tiene mucho de compulsión, la urgencia de calibrar un disgusto, una sorpresa o una felicidad. Gonzalo a veces tartamudea, y también en este punto está el guiño de la autoficción. ¿Cómo protestan los sordos? eso se pregunta en un momento, frente a una manifestación de sordos, el chileno loco que en Manual para tartamudos escribe sus cartas desde un buenos Aires que de a ratos se le hace inhóspita, pero que también le ofrece el mejor combustible de la vida y de la escritura: la extrañeza, la inconsistencia de lo cotidiano que se escapa, en definitiva, la pasión. Sigue leyendo

Deja un comentario

Archivado bajo "Manual para tartamudos"