A medida que avanza el tiempo vamos haciendo más desconocidos: “Discocamping”, de León Álamos

Por Pascual Brodsky. Publicado en revista Cólera

 

portada discocamping“Llega esa violencia como una esquirla de un estallido que sucedió en los grandes centros urbanos”. Este epígrafe de Hernán Ronsino abre el libro de cuentos Discocamping, junto al siguiente, de José Emilio Pacheco: “¿En dónde está lo que pasó y qué se hizo de tanta gente? A medida que avanza el tiempo vamos haciendo más desconocidos”.

Ambas citas anuncian lo que realiza la escritura de los mejores cuentos de Discocamping: extenderse como una mancha por rincones de los suburbios y provincias, haciendo más visibles sus relieves, arrugas y texturas, empapando y goteando hacia el pasado, que devuelve como eco una atmósfera de abandono, perplejidad y violencia. Entre las imágenes que encarnan esa atmósfera están las bolsas de neoprén seco en un descampado; los complejos habitacionales de los milicos, vacíos pero aún alambrados; una adolescente o joven o adulta yendo a comprar casi en pijama al supermercado, pensando en el arribismo de sus ex compañeras de universidad, mientras sufre por la mudanza del galán del barrio; y el huevo frito en la sartén, el solitario huevo frito de un domingo, cocinado por un casi futbolista, o casi algo, para quien la vida es sólo un recuerdo incómodo.

Con “relieves, arrugas y texturas” quería referirme también a ciertas palabras cuando están juntas, al ruido mental que producen, como en la voz de la adolescente o niña o adulta en pijama, que da vueltas por los pasajes de su barrio de siempre, acuñando trozos de retórica académica de ciencias sociales, rabiando contra esas amigas que “replican los modelos de confort y poder que critican en su vida profesional, yéndose a vacacionar con sus pololos y mamás a los balnearios” (o algo así); pero que admite que toda su rabieta es por la “soledad simbólica” que sufre a causa del vecino que le gusta, Lorenzo, que nunca le dio bola, que prefirió a la chula hincha de la U, la “pendeja aindiada” (la “Kathitahhax”) que tiraba la espantá en plena calle y que se comía al Lorenzo a vista y paciencia de todos.

La fricción de las palabras resulta por el desacomodo entre esa jerga universitaria y el habla violenta y gris que suscitan esos pasajes y habitantes. Es el desajuste de esta jovencita que le gusta leer a Marta Brunet, a José Edwards y a cierta elite literaria chilena que durante los 70′ se juntaba a tomar té y a copuchar sobre Lewis Carroll, pero que no “engancha” con Bolaño así que no puede entrar en la conversaciones de gente que lee, ni hablar con los chicos de la población, porque no les gusta conversar de política.

En esa “soledad simbólica”, el personaje escribe, a veces borrando varios párrafos de un tirón y rondando lo que reconoce como “el nudo de mi vida sin despegue”, intentando dar forma a una experiencia casi carente de acontecimientos, aparte de la muerte del viejo solterón del pasaje, en pleno verano, hace días olvidado en el living mientras una hilera de hormigas excava y transita por sus ojos.

Me quedo con los cuentos de Discocamping que suceden mientras ocurre otra cosa. Me faltó mencionar el cuento de un niño que muere en patines; también está “Centro de madres”, donde un ex carabinero devuelve las pelotas de fútbol desde su jardín rellenas con gas lacrimógeno. Y “Pieles de perro”, donde el barrio se narra desde las pandillas de niños y no se sabe de qué se trata precisamente la historia, pero la prosa describe las lealtades, traiciones y mañas de esos niños como un asunto absolutamente serio, de importancia capital, con un lenguaje casi ritual, fiel a la crueldad de los juegos infantiles. Son cuentos donde no pasa nada, o no se sabe qué está pasando, o sobre todo, para qué se está narrando, es decir, donde la prosa sucede como entre paréntesis de una oración que se desconoce, precipitándose sin estrategia por los accidentes del territorio y las inclinaciones de la memoria.

 

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Archivado bajo "Discocamping", Crítica, León Álamos

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