Gonzalo Ilabaca reedita su libro sobre el mítico “Roland Bar”

 Crónicas, semblanzas, conversaciones, fotos y anécdotas recorren las páginas de esta obra, donde el pintor retrata en palabras los lugares y personajes que conoció en Valparaíso.

 

portada roland bar  (1)En agosto de 1994, un derrumbe y posterior incendio obligó al cierre del “Roland Bar”, uno de los más emblemáticos locales de la vieja bohemia porteña. Testigo directo de las últimas noches del “Roland” fue el pintor Gonzalo Ilabaca quien, además de retratar en una serie de cuadros la vida de este bar de marineros, registró en palabras sus vivencias, conversaciones y experiencias en el Valparaíso de mediados de los ’90, previo a la nominación de Patrimonio de la Humanidad.

Este registro dio vida a “Valparaíso Roland Bar: Puerto de la fama y el olvido”, libro publicado originalmente en 1995 por el autor y que ahora reedita el sello Narrativa Punto Aparte, como parte de su colección Expedientes. El volumen contiene crónicas, semblanzas, conversaciones, fotografías, cartas, refranes, letras de poemas y canciones y un sinfín de anécdotas y observaciones que el pintor realizó durante sus primeros años en el Puerto y que culminan con el cierre del “Roland Bar”.

En sus páginas se encuentran retratados personajes imperecederos de Valparaíso, como El Jako, boxeador, motoquero y empresario de la noche, administrador de la mítica boite que llevaba su nombre; Mister Anderson, el aristocrático y solitario huésped del “Garden Hotel”, quien tuvo una fugaz aparición en la película “Amnesia”; o el lanchero Zorba, capitán de la “Volga”. También hay espacio para las chicas de la noche que atendían a los marineros en la barra del bar, para los antiguos parroquianos del “Roland” y para los artistas del Puerto.

Las propias vivencias de Ilabaca -su llegada a Valparaíso, su búsqueda de una casa y su alucinante proyecto de venderle a Madonna un viejo auto Fiat restaurado y pintado por él, así como su correspondencia con el profesor Nostradamus-, forman parte también de este volumen inclasificable, que concluye con un poético y exhaustivo inventario del Valparaíso de los ’90 y con una declaración notarial en la que Ilabaca da cuenta de personal visión de la historia del recinto. “El Roland Bar murió como un viejo marinero, bohemio y misterioso y difícil de olvidar”, señala en el escrito.

Gonzalo Ilabaca: “En Valparaíso, hasta aprender  a manejar es una experiencia”

 foto Gonzalo llabaca-Tú publicaste este libro originalmente en 1995, pocos meses después del cierre del “Roland Bar”, ¿qué te llevó a dejar este registro?

-En realidad escribí el libro por otro motivo. Yo iba a hacer una expo de pinturas titulada  “Valparaíso Roland Bar” en Santiago, pero no me conseguí la plata para sacar un catálogo de mis pinturas y como era más barato, escribí un libro que yo mismo autoedité. Me dije: bueno, no saldrán los cuadros, pero escuché tantas historias y conocí tantos personajes singulares mientras pintaba, que mejor las escribo. En seis meses lo hice, envalentonado por las energías del asombro que tiene todo forastero que recién llega. Muchos personajes quedaron fuera, pero en realidad no era mi interés hacer un catastro total de Valparaíso -porque eso es imposible o no es necesario-. Me interesaba más mostrar su diversidad. No me considero un escritor, pero sí sé que un libro así encauza mi pintura, ayuda a no ser tergiversado en el futuro. Me encantan aquellos artistas no escritores que escribieron de su vida porque después los teóricos del arte no pueden meter mucho su cuchara. Gauguin, por ejemplo, con su “Escritos de un salvaje”, o las “Cartas a Theo”, de Van Gogh. O el maravilloso libro “Mi vida”, de Isadora Duncan, la bailarina. ¿A quién entonces le vamos a creer? Los escritos de artistas no escritores son una fuente de primera mano que permiten la mejor manera de adentrarnos en el mundo que se ellos mismos se inventaron.

-En este libro conviven semblanzas, crónicas, fotos, conversaciones, refranes, cartas, etcétera. ¿Por qué elegiste este formato poco convencional?

-En el fondo todas ellas son “experiencias”. Lo que más queremos de un artista es que nos traspase sus experiencias y lo que más quiere un artista es vivir las experiencias de los otros, aprender de ellas. Por eso Valparaíso es maravilloso, porque vivir aquí o visitarlo se torna en una experiencia. En Valparaíso hasta aprender a  manejar un auto es una experiencia.

-¿En qué circunstancias conviviste o conociste a los personajes que describes en tu libro?

-En la calle. Cuando llegué a Valparaíso no conocía a nadie. Circulé por donde vivía, el cerro Toro, y de ahí al plan, especialmente los bares de marinos. En todas partes conoces gente porque la gente tiene aquí tiempo para conocerse. Muchas de estas relaciones tienen que ver con las dos más grandes virtudes del porteño: ser comerciante y las ganas de compartir. Desde el vendedor de pescados hasta las chicas del “Roland Bar”, a todos ellos los conocí por ambos motivos, por el negocio de tomarse una cerveza o comprar un pescado, y al mismo tiempo por el ánimo de compartir la vida, de celebrar, que tienen casi todos los porteños.

-Tú no eres nacido en Valparaíso, pero cuando llegaste al Puerto no sólo te quedaste, sino que gran parte de tu obra pictórica fue inspirada por esta ciudad. ¿Cuál es tu relación con Valparaíso? 

-Se dice que todos los que vienen de afuera y se quedan en Valparaíso lo hacen porque antes pasaron por una tormenta. Desde los navegantes que cruzaban el Cabo de Hornos hasta los emigrantes que huían de una guerra o de la pobreza. En mi caso, mi tormenta era no tener una cultura, un barrio, un país. Aquí me sentí bien. Todo estaba gastado por el viaje y por el tiempo, es decir, este puerto tiene la marca de la experiencia Todas las experiencias son únicas, como las cicatrices, como el amor, como una vista nocturna. Vivir una vida única es una buena escuela para el arte.

-¿Qué significó entonces y qué representa hoy el “Roland Bar”?

-El “Roland Bar” representa algo muy potente en Valparaíso: es algo que intimida. Valparaíso en muchas ocasiones intimida, da un cierto temor, un cierto peligro, Poder cruzar ese peligro porque tienes una caja con pinceles y pinturas, es algo gratificante. La pintura por su cercanía y al mismo tiempo  por ser algo que no es exactamente la realidad, da una confianza, Y esa confianza permitirá que los otros te cuenten su vida, enriqueciendo la tuya. La vida de una chica de la noche fue la marca de fábrica del “Roland Bar” para mí. Hoy en día, el “Roland Bar”  me recuerda que cada día estamos más lejos del mar. Algo lamentable por cierto para un puerto, para sus habitantes y también para mí.

-¿Qué personajes te sorprendieron o dejaron una huella en ti durante esa época?

-El cariño es algo que tengo por todos los que salen en el libro, por eso están ahí. Pero si me preguntas por la  sorpresa, tendría que elegir a la Mini, dueña del “Roland Bar”, por mezclar la belleza con la bravura, el humor y la resistencia física en un bar lleno de banderas, en un barrio hostil, en  un negocio –como son los bares de marinos- que está desapareciendo en todo el mundo. Hoy en día Lorna y Fany, del “Flamingo Rose”, tienen ese rol en Valparaíso. Y también  mencionaría a Álvaro Peña, porque su arte es único, un árbol creciendo en la roca, música  trágica y divertida para enfrentar al látigo de la indiferencia.

-Veinte años después del cierre del “Roland Bar”, ¿cómo ves hoy a Valparaíso? ¿Cuánto ha cambiado este “puerto de la fama y el olvido”?

-Ha llegado gente, hay más diversidad de restaurantes y los visitantes tienen dónde alojar; todos ellos antes se iban a Viña por lo que casi no caminaban por Valparaíso. Valparaíso era inhóspito para ellos y hoy lo es para los porteños que viven en esos cerros que más cambiaron. También hay más estudiantes, más extranjeros que se quedan una temporada: todo esto hace más variada la vida en el puerto. Se han restaurado casas emblemáticas y otras se han destruido, En realidad, Valparaíso volvió a salir en el mapa gracias a su condición de Patrimonio de la Humanidad, pero el puerto en su totalidad sigue siendo una ruina. Es la vida peligrosa, no hay solución posible. Aún así hay risas, hay espectáculo y hay gente que lucha por Valparaíso. Eso conmueve y angustia. Valparaíso no te deja el corazón tranquilo, eso no es bueno, pero  mantiene el asombro y la ilusión, que es algo indispensable para estar vivo, para llenar una tela en blanco.

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Archivado bajo "Roland Bar", Expedientes, Gonzalo Ilabaca

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