Contrariando a la movida ultrarrealista y naturalista de la reciente narrativa chilena, el autor (Santiago, 1986) elabora un panorama exagerado y monstruoso del Chile actual, a través de elementos propios de nuestra cultura popular: fútbol, televisión, dictadura.

Por Carlos Crisóstomo / Publicado en El Desconcierto / 11.01.2018

portada se vende humoEs difícil mantener un pacto con la ficción. Un pacto de distancia o desprendimiento. Muchas veces he contado anécdotas que no me han sucedido, que quizá son parte de un libro, pero que me han calado tan profundamente que he creído mías. Son como historias de amigos que uno lleva en los bolsillos para ponerlas sobre la mesa de un bar, donde se conocen nuevos amigos, que a su vez llevan sus propias historias que funcionan como nuevas fuentes de chanterío.

Entonces uno podría hablar de un amigo que se llama Aniceto Hevia y que es hijo de un reconocido ladrón, un choro internacional que roba puros productos de calidad en Europa. Pero que este cabro es un buen chato y que no está ni ahí con la farándula del hampa y quiere mantenerse al margen. Y otro parroquiano, Joaquín Escobar por ejemplo, autor del conjunto de cuentos Se vende humo (Narrativa Punto Aparte, 2017), podría añadir que este muchacho Hevia junto a su compinche Silvio Astier sodomizaron a un tal Clemente, un escritor pirómano. O que un jugador de fútbol chanchero llamado Manuel Rojas es expulsado tras reventarle la nariz a un tal Arlt. O que un amigo que se fue a la playa en bicicleta se cruzó con un paco, el oficial Vonnegut, dirigiendo el tránsito en una carretera llena de cuerpos mutilados. Todo con una naturalidad al borde del chascarro. Porque la venta de humo es aquí una especialidad, un talento innato. Y uno se lo cree, lo considera una posibilidad, porque no conoce a los personajes antes mencionados o porque los conoce tanto que ha llegado a incorporarlos en las ficciones, en los chamullos de su literatopísima vida.

Si tuviera que diseccionar Se vende humo, hacerle una autopsia –aunque espero tenga larga vida– lo picaría finito en mi tabla de esta manera:

 

Reflexiones sobre la lectura y escritura

A muchos personajes de estos cuentos les gusta escribir o son –para su desgracia– escritores; la mayoría –en pos de la sensatez– lectores. Se percibe, sin embargo, la preferencia por el ejercicio pasivo y la odiosidad hacia la figura del autor: “Los escritores escriben en torno a pautas culturales mercantiles, es decir, responden a temáticas que quieren ser leídas” (37), dice un profesor en medio de una clase. También hay una negación a considerarse escritor, una evasiva que asociamos a una lógica pesimista y al ‘no estar ni ahí’ con cierto círculo intelectual: “no soy escritor. Escritor era Bolaño. Yo soy un pobre huevón que intenta redactar cuentos sin tantos gerundios” (87), le dice un trabajador de un call center a una estudiante de literatura a quien cuentea sobre Carver y Bukowski, gracias a la ayuda de un amigo loco y Wikipedia. O bien: “no, soy lector. No me gusta el Barrio Lastarria” (120), contesta un tal Pratto a la pregunta de rigor que le hace una chica en medio del joteo. Encontramos, además, buenos consejos para aumentar el placer de leer, como quemar los libros después de devorarlos, porque una relectura jamás tendrá el mismo sabor de la primera vez. O una hoja arrugada de una obra de Fabián Casas resistiendo a deshacerse en el fondo del mar que dice: “no es necesario leer mucho para entender los libros, es necesario vivir” (161).

Entrecruces

Pululan por los relatos varios estudiantes de carreras humanistas e hinchas de fútbol. Se oyen canciones de Salvatore Adamo, Zalo Reyes, Roberto Carlos y José Luis Perales. Personajes que comen comida chatarra van al Doggis, al McDonald’s, al Burger King y al Kentucky. Galanes que copian frases para engrupir. En seis cuentos aparece un gato (o gata) enfermo o muerto o blanco, aunque no estoy seguro: “Al igual que en la literatura no tengo certezas. O quizás sí, porque mi única certidumbre es que me espera en mi departamento una gata blanca y sorda que todos los días muere un poco” (137). Menciones al detective Heredia. Refrigeradores abastecidos con cabezas en casas de ambiente enrarecido. Gente que se llama Pratto. Mucho sexo, hartas balas.

Escritores, literatura y violencia

Muchos escritores y personajes literarios atraviesan estas páginas. Pero las atraviesan también otras cosas, punzan la piel y se convierten en representaciones de dolor: “una japonesa de pechos operados que en su escápula derecha tenía un tatuaje de Yasunari Kawabata” (24), una adolescente que en las pantorrillas lleva la imagen del Quijote y Sancho Panza (138). Esta última en una historia distópica titulada “Aeropuertos y cuervos en lápiz grafito”, donde el mundo ha perdido sus libros, en un infierno en que es delito leer. Huesos ardiendo junto a los cuentos de Kafka, prisiones subterráneas interconectadas con tubos, lecturas sanguinolentas, oraciones, versos como navajas: “Se leen pasajes de Henry Miller. / Se cercena un dedo. / Se leen pasajes de ‘El almuerzo al desnudo’. / Se cercena otro dedo. / Se leen pasajes de ‘El aullido’. / Se cercena una mano” (141). Suicidios sobre bibliotecas personales, solapas como barras de un féretro, lectores desesperados: “Abre el ataúd: adentro hay libros […] Se acuesta sobre los libros, como si fueran un colchón. Extrae de un bolsillo una cuchilla. La empuña con su mano derecha y comienza a darse puñaladas por todo el cuerpo. Cuellos, pulmones, ombligo, ingle. Todo se desangra” (143). Cementerios de libros y de autores, personajes y leedores, cubiertas como epitafios. En otro cuento, “El transformador”, se narra lo siguiente: “En silencio recorrimos las agrietadas y abandonadas tumbas, fijándonos en cada nombre […] Lacouture Auxilio, Huidobro Vicente […] Heredia” (127).

Fútbol y guerrillas

En “La 3 de Manuel Rojas” dos hermanos hacen lo imposible por conseguir una camiseta de fútbol de Rojas. Matan a quien tengan que matar, pues les encanta la violencia en el fútbol: son fanáticos de la Copa Libertadores, de las patadas, codazos y planchazos de ese campeonato. Provocan tal gresca, entre venganzas que van y vienen, que incluso una guerrilla entrenada por la FARC –liderada por un Raimundo que bien podría ser uno de los protagonistas del relato “Raimundo, el Bototo y la Pacheco”, también dedicado a la formación de guerrillas urbanas– se mete en el asunto y aporta dos elefantes que son usados como aplanadoras de carne humana. Una masacre por la tenencia de esa reliquia, en desmedro de otras camisetas como “la número cuatro con que Jorge Teillier jugó un combinado playero contra la selección de poetas argentinos de todos los tiempos” (61) o “la número dos con que Claudio Bertoni jugó un partido de baby fútbol de los poetas del litoral contra los vates de Santiago” (61).

Dictadura

Entremos en este libro como en una casa. Observemos detenidamente un retrato de Miguel Krassnoff colgando de la pared (22). Avancemos hacia la cocina, miremos el refrigerador, repleto, hecho un collage, con fotos de Jaime Guzmán (39) gracias al arte de una madre facha pobre. Vamos al living, encendamos la tele, acomodémonos en el sillón. Veamos programas clásicos de la televisión chilena y escuchemos a un profesor hablar de ellos: “Sábados gigantes y El jappening con ja crearon una doble realidad cuando estaban los milicos. Mientras a un hombre le electrificaban los testículos, Espinita se acomodaba la peluca. Mientras alguien se ganaba un televisor, torturaban a una embarazada” (43). Cambiemos de canal, un matinal. Bien, veamos que nos pronostica el horóscopo, en tanto el profesor sigue con su perorata: “A mediados del siglo XX existían consignas ideológicas para construir una sociedad distinta, hoy eso lo desfiguraron. A la gente le hicieron cambiar los proyectos colectivos por imbecilidades como los ángeles, las energías y las brujas. Es así como se construye esta mierda de país” (45). Apaguemos la tele. Dejemos al profesor discurseando solo. Abramos una puerta, una escalera, bajemos: el subterráneo. Olor a perro mojado, una sombra. Prendamos la luz, estudiemos el cadáver embalsamado de Ingrid Olderock (74). Mejor subamos, regresemos a la cocina y busquemos algo para comer. Carne, hay carne. Carne fileteada por el Mamo Contreras, un carnicero apolítico, doble del Mamo, que tuvo que reemplazarlo después de que el jefe de la DINA muriera hecho pedacitos en una explosión en Escuela Militar (94). Se nos quita el hambre, vamos a la pieza a recostarnos en la cama. Miremos una foto de Borges con Pinochet (162) en el velador. Tratemos de dormir, aunque haya ruido, aunque tiemblen los vidrios de las ventanas. “Se escuchan balazos en los bosques, es el eterno retorno del 73”. Cerremos los ojos, tratemos.

Venden humo

La preparación de una tarta de espárragos. Las flores de Bach, el yoga y el reiki. Las performances. Los premios literarios. Murakami, Jack Kerouac y la generación beat; Brooklyn Follies de Paul Auster. Creedence y Vicentico. Alexis Sánchez y la selección de fútbol portuguesa. Pepe Mujica y la transición a la democracia. AmélieEterno resplandor de una mente sin recuerdos y La vida es bella. Los domingos melancólicos y tristes de trovadores y poetas. El azar. El orgullo.

Los efectos psicológicos posteriores a un aborto. La ciencia. El alma del ser humano. Esta reseña.

 

 

 

 

 

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Archivado bajo "Se vende humo", Crítica, Joaquín Escobar

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