Dos debutantes porteños

Por Rodrigo Hidalgo

“En medio de la nieve”, de Iván Parés (Narrativa Punto Aparte, 2010)

Una primera cuestión que me llamó la atención de esta novela es, desde su título mismo, el trabajo de la figura de la nieve. ¿Por qué la nieve? ¿Qué provoca la nieve en las personas como para que este invierno en Santiago salieran de sus casas en La Granja o en Cerrillos para llegar a Providencia a presenciar un fenómeno climático que siendo un país al borde de la cordillera debiera sernos hasta natural? No sé qué tiene la nieve, a lo mejor es puro colonialismo cultural y lo que provoca en la gente es mera fantasía alpina, anhelo de una navidad yanqui con renos y Bridget Jones. Recuerdo perfectamente que siendo niño conocer la nieve fue una lamentable decepción: a varios debe haberles pasado, un agua-barro que en nada se parece a lo que se ve en las películas. Pero volvamos al libro.

Creo que quizás una de las cosas mejor logradas en esta novela, es la respuesta a esta inquietud pueril en la que me he detenido. El autor logra cierta atmósfera japonesa incluso, por cierto aire bucólico en las descripciones del estado anímico del protagonista (un estado anémico, de retorno a lo básico, a lo elemental, un haikú de la sobrevivencia en la intemperie). Porque lo que le ocurre al profesor de matemática César Lombardo es que simplemente se va al carajo. No es feliz, o a lo mejor es feliz y de pronto deja de darse cuenta de que lo es. Deja de valorar lo que tiene (una familia-tipo, un trabajo estable). Tiene el irrefrenable impulso de autodestruirse. Lo gobiernan pulsiones de un Thánatos que quizás nunca antes se había permitido descubrir en su interior. Ese vaciamiento de sentido, ese proceso de ida en blanco, es lo que representa la nieve. César Lombardo se queda pegado mirando la nieve, una nieve que no ve en realidad, solo en su mente compungida. Y se va al carajo, se degrada, toca fondo. Si alguna vez uno se ha ido siquiera un poquitito al carajo, sentirá compasión por este César Lombardo. Si alguna vez uno ha creído tocar fondo, hallará en estas páginas una atmósfera psicológica acertada, aunque le quede lejos la figura de la nieve. Ahora, lo que pasa es que este gallo al final lo pierde todo, y cuando está al borde del suicidio… no, mejor no contar el final. Dejémoslo en que lo pasa pésimo. Y detengámonos en lo siguiente: ¿hablamos en fin de una novela con cierto discurso moral sobre lo que es la felicidad como sinónimo del binomio “familia tipo + estabilidad laboral”? La lectura siempre aguja de la crítica Patricia Espinoza ha desentrañado en este descenso al infierno, cierto sonsonete moralizante. La verdad es que yo no lo había sentido así. No se me había ocurrido que había detrás una moraleja hasta que leí su crítica. A lo mejor es sencillamente que uno lee como el realmente idiota de Cortázar. De modo que optaré por dejar hasta ahí las referencias críticas. No voy a dar más pistas sobre cómo termina esta novela porque, con todo, prefiero que quienes escuchen o lean este comentario, se enteren por sus propios medios. Diré, creyéndome Lafourcade o Yolanda Montecinos, que como raya al final de la suma, el libro, su precio incluso, vale la pena.

Finalmente quiero agregar una felicitación a esta editorial porteña, cuya tercera publicación incrementa su naciente buen nombre. Esta novela recurre una escritura que se desmarca de otros cánones quizás más de moda. Esta novela está escrita con simpleza y profundidad, en la tradición más convencional si se quiere, sin chulos de neón, ni metalenguajes hipertextuales. Salud por Iván Parés.

(Publicado en www.letras.s5.com)

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