Entrevista a Yuri Pérez: “Cuesta mucho más escribir un buen poema que escribir un buen cuento”

Por Julián Gutiérrez, publicado en www.letras.s5.com

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Yuri Pérez (San Bernardo, 1966) es uno de aquellos poetas que en el transcurso de su desarrollo escritural han “emigrado” a la narrativa. Tal como Pavel Oyarzún y Alejandro Zambra,sólo por nombrar dos ejemplos cercanos, Pérez se inició como poeta, publicando títulos como Cara et Fuego (1994), Cartas del interno (1995), Mala Yerba(1998) y Cumbia (2003). Sin embargo, años más tarde publicará su primer libro de narrativa: Suite (2008), título al que luego le seguirán también Niño feo (2010), Mentirosa (2012) y La muerte de Fidel (2013).

Fue Becario de la Fundación Neruda en 1994; dos años más tarde recibe el Premio Municipal de Literatura de San Bernardo y la beca Fondart, y con su novela Niño feo obtiene el Premio de la Crítica 2010. Edita bajo el sello de Narrativa Punto Aparte, editorial a cargo de Marcela Küpfer. Respecto a su obra, Juan Manuel Vial señala: “Es una de las voces más interesantes entre los escritores chilenos que rondan, por arriba y por abajo, los 40 años (…) Yuri Pérez, a punta de contención, talento e inteligencia, ha hecho de la simpleza una declaración artística difícil de superar”.

A continuación el autor comparte su visión acerca de sus inicios literarios, sus influencias, su mudanza desde la poesía a la narrativa, su propuesta escritural, entre otros temas que con pasión nos habla.

—¿Cómo ocurrieron tus inicios literarios, en términos de ambientes, amistades e inquietudes?
—Mis inicios literarios fueron un accidente, nunca pensé que iba a ser escritor, yo quería ser policía; pero nada, un día en sétimo año, en una escuela de San Bernardo, a un profe de religión se le ocurrió pedir que escribiéramos un poema imitando a los poetas españoles; poesía rimada, cuartetos y cosas como esas. Entonces escribí un par de poemas sobre temas bastante cotidianos: ambos primeros poemas eran una mezcla extraña entre poesía de amor y social, ahí yo no sabía qué cresta era la poesía, ni qué era la literatura; sólo tenía una musicalidad en la cabeza que me hacía escribir bastante rápido algunos poemas con rimas, como escribir textos cantaditos. El fondo de los poemas en mis inicios, un cabro chico, un cabro chico de 11 años, tenía algo de tristeza que ahora puedo visualizar, siempre el poema terminaba con una frase triste, quejumbrosa o desamparada. Atribuyo eso a mi obvio silencio con todo el mundo: no hablaba mucho y al parecer vi que lo que no hablaba lo podía decir escribiendo. De ahí no paré de escribir. Claro que eran poemas malos pero que sonaban bien al leerlos en voz alta. Cuando te digo que no paré de escribir fue verdad, no paré y cuando entré al liceo seguí haciéndolo. Me sentí varias veces como un bicho raro. A veces me sentí un demente, un loco. Me la podía pasar escribiendo una tarde completa encerrado en mi pieza. Lo curioso es que no me gustaba leer a otros autores, en la casa no había libros ni una repisa para poner libros. Lo que más leía era el diario que lo compraba un viejo que era vecino nuestro y que cuando ya lo había leído en la mañana mi mamá se lo pedía para hacer fuego en el patio; antes de que ella lo metiera a la fogata yo leía algo de la sección de deportes.

—¿Qué autores influyeron en tu trabajo de aquel entonces?  ¿Cómo y por qué consideras ocurrió esa influencia?
—Sólo en el liceo empecé (porque teníamos que hacerlo) a leer a poetas: Machado, Juan Ramón Jiménez y el famoso Mío Cid. Eso nos hacían leer en el liceo, nada más a autores españoles y por supuesto a Neruda; a él más que a la Mistral. Ahora que lo preguntas creo que me influenció Neruda y Machado: empecé a escribir como ellos, textos en extremo mamones y cursis, pero que sonaban bien. Quizá por eso me aburrió Neruda y me aburrieron algunos autores españoles. Luego dejé de leerlos (hablo de los 17 años de edad) y me puse a escribir a mi manera que era bastante enredada: escribía imágenes que no tenían relación en la narratividad del poema: nada más que yo entendía lo que decían. Ahí fue bastante tormentoso porque sin saberlo me fui mezclando a la poesía a niveles de dependencia y obsesión: Mi vida era escribir a solas, nadie sabía que lo hacía. En la casa nadie me iba a tomar en serio, y mis amigos no sabían lo que era un verso. Por lo tanto me encerré con el oficio, había un goce pero también un dolor a ratos patológicamente masoquista. Lloraba sin razón aparente. Era como estar en el lugar equivocado, como si nada de lo que me rodeaba estuviera para mi bienestar emotivo. De ahí en más, me dediqué a informarme sobre otro tipo de poesía, ahí fue mejor, ahí comencé a aclarar y posesionar mi escritura. Apenas ahí me comencé a sentir un poeta, como a los 18 años. Ahí empecé a sentir que era parte de mí. O sea, que ahí me atrapó la muy cabrona, y no me ha soltado ni la he soltado porque tenemos una relación estrecha y melodramática. A veces me odia tanto como yo la odio y otras me ama tanto como yo la amo.

—¿Cómo (y por qué) ocurre tu tránsito de la poesía a la narrativa y de qué manera estas manifestaciones se anulan o complementan en tu escritura?
—El paso de la poesía a la narrativa fue porque me sentí agotado poéticamente, el año 2006 edité Ghetto, un libro que recogía toda mi producción poética desde el año 1994; más un par de poemarios pequeños inéditos. Cuando edité ese libro me vino un vacío infernal. No tenía el pulso para escribir un poema; y si lo hacía veía que era algo parecido a lo de Ghetto y me apestaba. Entonces me estaba dando vueltas en lo mismo de lo mismo y pude remasterizar mi poética, pero para qué, para sentirme un fracaso, un tipo incapaz de escribir y de abrir una nueva puerta poética. Luego de esa básica reflexión retomé algo de prosa que había insinuado en el libro Cumbia, del año 2003: en ese libro había prosa, no muy buena pero era prosa. Me tome de esos ritmos literarios que da la prosa, de ese ir y venir del ritmo de la prosa, de esa pequeña “libertad” que te da, que te saca un poco de la rigurosidad de la poesía, de las exigencias tremendas de la poesía, que a veces te hace sentir un tarado inútil y chato. Fundamentalmente partió ahí, con retomar algo de Cumbia y de estirar el aliento de la escritura, manteniendo los mismos tonos y colores de lo que venía haciendo, los mismos tópicos y las mismas obsesiones repetitivas que afectan en menor o mayor grado a los escritores. Mis libros de narrativa son bastante poéticos, aparecen, a veces sin quererlo, imágenes que provienen del mundo de la poesía, comparaciones, anáforas y metáforas que no son habituales en la narrativa tradicional. Pero en mi trabajo aparecen como pinchazos y eso se agradece de la Bella Gran Puta que es la poesía; que fornique conmigo a ratos es un placer extremo, agradezco eso.

—¿Cómo definirías tu proyecto ejercicio escritural en cuanto a intenciones o propuestas creativas?
—Lo que menos manejo en este instante es una definición de lo que hago o estoy ejercitando; decir algo como eso sería de una soberbia espantosa. Lo que sí puedo hacer es dar ciertas características de lo que busco y de lo que tiro a la basura cuando aparece: por ejemplo; me interesa escribir un “libro”: no reparo demasiado en distinciones de género literario: el tema es escribir un libro que tenga velocidad, que tenga cambios de ritmo y quiebres tonales y de aliento de vez en vez. No tengo simpatía por los diálogos en la narrativa, los considero elementos distractores que no aportan mucho. Por lo mismo no hay diálogos a la manera de las novelas que uno encuentra por ahí. Tampoco me interesan temas filosóficos como algunos pretenciosos autores nacionales. Lo que sí me interesa es hablar, sutilmente a veces y otras derechamente, del oficio de la escritura. Eso no he podido evitarlo y lo asumo como una característica de mi pulso. Siempre incluyo algo de metaliteratura. Me parece completamente necesario sobre todo cuando veo que he visto algo o he descubierto algo del oficio de escribir. Ahí dejo caer algo de teoría literaria que uno arma solo con los años y con el trabajo. Teorías bastante precarias, pero que dan cuenta de mi posición frente al Arte de Escribir.  En el fondo me interesa ser un aporte literario, no quiero ser un ocioso que publica un libro porque no tiene otra cosa que hacer. Mientras, frente a mis ojos y mi oído mi trabajo se vea y se escuche decente, está bien. Aunque nunca quedo conforme y cada vez que releo algo que he editado, veo carencias y errores, instantes malos y faltos de fuerza, veo malas oraciones, malos párrafos que puteo por no haberlos visto antes de llevar a la imprenta. Imagino que es normal. No quedo satisfecho y parece que a medida que pasan los años me considero más iniciado en el oficio. Un novato, una guagua. Un pendejo ignorante.

—¿Qué factores consideras determinantes en tu proceso creativo?
—No sé, quizá la inestabilidad emocional, al parecer en esos instantes es en donde aflora con mayor abundancia la creatividad: es como si la felicidad no me ayudara a forjar un trabajo poético o narrativo. Por otro lado está el enorme respeto que siento por el oficio de la escritura, más aún por el oficio de la poesía: quizá sea casi un tema patológico, pero creo que tengo una responsabilidad con el oficio de la escritura, con nadie más que con el oficio, ni con los otros autores, ni con los lectores, es con el oficio. Entonces, cuando esos dos instantes o problemáticas caen sobre la cabeza de uno, es ahí donde se transforman en factores determinantes: ah, y unos varios cigarros… y café… y música inglesa, ojalá sin estar con el efecto somnífero de los ansiolíticos (que han sido mis amigos durante varios años; claro, por prescripción médica).

—¿Qué criterios usas para identificar un buen texto literario?
—Para determinar si un texto es bueno o malo me hago de varias fórmulas; una es la que aprendí con Erwin Díaz, cuando fui su alumno durante 6 años: que el texto funcione y sea un aporte a lo que uno, como lector ya ha leído: si el texto está alejado del lugar común, va bien, si el texto tiene una carga poética abundante, va bien, si un texto tiene velocidad en la lectura en voz alta, va bien, que no cueste leerlo: si el texto, tiene quiebres que le otorgan cambios de ritmo, va bien; si el texto no está evidentemente relacionado o vinculado en su estructura con la obra de un autor mayor, va bien; si un texto es honesto, va bien; lo que ocurre aquí es que uno puede identificar cuando al autor le costó escribir el texto, cuando se ve forzado, cuando se ve recargado de imágenes o adjetivaciones, cuando se siente un poco barroco; ahí uno entiende que no es un texto honesto; quizá habría bastado con una línea para terminar el texto y ya. También fijo la atención en los fantasmas que hay en los textos ajenos; si veo fantasmas (esto es como ver ciertos demonios menores en lo que el texto tiene de fondo) si el fondo y la forma están en un cierto equilibrio, va bien: no creo en lo que dicen mucho sobre, por ejemplo, que la poesía fundamentalmente, no debe estar sujeta a la forma y que el fondo del poema es lo que más importa: me parece que, sobre todo en poesía, la forma, la búsqueda de la forma en el texto, la distribución de las palabras y los tiempos, los sonidos y el ritmo son mucho más exigentes que en la narrativa. O sea, cuesta mucho más escribir un buen poema que escribir un buen cuento. En poesía, hago algo parecido, leo el texto y de manera automática voy viendo y fijando mi atención en lo que dije antes, si el texto tiene esos elementos, sigo la lectura, de lo contrario comienzo a ver basura literaria y me detengo: pasa mucho cuando escribo, a veces me aborrezco por escribir malos poemas o mala prosa y me detengo y puteo y abandono el oficio. Otras veces, veo aciertos y trato de aprovecharlos: son pocos los instantes en que uno puede tomar la mano del oficio, cuando el oficio te da la mano, no hay que soltarlo.

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