Archivo del Autor: Jorge Inostroza

Daniel Plaza, la escritura como poética espacial: arqueología de una opacidad

Por Juan Pablo Sutherland*. Texto de presentación de la novela «Desierto», de Daniel Plaza, BiblioGAM, 19.07.2018

 

Preludio: lo que procede y sirve de entrada, preparación o principio de a una cosa. Lo que se toca o canta para ensayar la voz, probar los instrumentos o fijar el tono, antes de comenzar la ejecución de una obra musical. Composición musical de corto desarrollo y libertad de forma, generalmente destinada a proceder la ejecución de otras obras

LA RAE.

2018-06-01Daniel Plaza ha pensado la metáfora del desierto como señuelo, como título y como camino incierto y misterioso de un territorio donde nada es seguro, aridez afectiva como llave, incertidumbre como pliegue y juego espectral en las vidas de 4 voces que acompañan esta novela. Desde El corredor, su primer texto, por cierto, fundacional de su poética, Plaza ha corrido y ha vuelto sobre ese imaginario espacial. Desde El corredor como huella de su primera narrativa, donde lo espacial es fundamental como materialidad y como delirio de otro tiempo, o como cita de un posible imaginario, nos encontramos con Desierto, que actuaría como campo extendido donde las vidas precarias o nuda vida, o biografías en suspenso, construyen un diario colectivo, o de narrativas que configuran cierto modo de habitar el mundo.

El autor, entonces se ha valido de 4 voces que actúan como puntos de fuga o puntos ciegos en una historia que se piensa como un fractal, cada vida expuesta a un juego que supone las vidas como centros o periferias de los otros, algo así como vidas paralelas, donde el privilegio de mirarlas recae en los lectores como únicos autorizados para despejar la traición de cada una de las voces. Un juego polifónico bajtiniano donde no es posible pensar en una narrativa central como economía del acontecimiento. Un policía, un hombre del locutorio, la mujer de los mensajes, el narcotraficante, son los encargados de configurar el territorio que cita la aridez de la vida precaria, del oficio subalterno, incluso del policía como archivador de las huellas. Sigue leyendo

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Daniel Plaza, escritor: “El mayor peligro es no ver la violencia”

El narrador y académico se apresta a lanzar su nueva novela “Desierto”, donde aborda, a partir del enigma de un crimen, los temas de la violencia y la migración en una anónima ciudad. El título se suma al catálogo de Narrativa Punto Aparte.

2018-06-01

Un policía investiga el atroz crimen de una mujer, ocurrido en el baño de una sórdida habitación de hotel. El empleado de un locutorio atisba desde su puesto las vidas de los migrantes que intentan sobreponerse al olvido, mientras sobreviven en la ciudad. Promesas, deseos, amores y temores llenan las páginas de las cartas que Nina escribe a su pareja y a su hijo, a quienes ha dejado en el extranjero. Un narcotraficante, veterano de la noche y de las fronteras, busca eludir la carga de la culpa que el destino le ha impuesto.

            Cuatro historias, cuatro momentos, cuatro voces unidas por un final aciago y violento, cuyo origen se esconde en las bulliciosas calles de una urbe de anónimos habitantes, son las que dan forma a “Desierto”, la nueva novela del escritor Daniel Plaza, que será lanzada este jueves 19 de julio, a las 19.30 horas, en la Biblioteca GAM. El libro, que forma parte del catálogo de Narrativa Punto Aparte, será presentado por el escritor Juan Pablo Sutherland y la académica de la Universidad de Chile, Darcie Döll.

            Plaza, autor de la novela “El corredor” –ganadora del Premio Mejor Obra Literaria 2001-, elabora en “Desierto” una trama coral, inserta en la sólida tradición del noir chileno, donde reconstruye con precisión y sin artificios la anatomía de un crimen, buscando respuestas a las preguntas que nadie atiende en una sociedad atravesada por la indolencia y la soledad.

            -¿Cuál fue tu inspiración para escribir este libro?

            -Esta novela es resultado de una anterior que venía trabajando (una que no he querido dar a conocer y tal vez no lo haga), donde su protagonista rondaba por los lugares del centro de la ciudad, una ciudad innombrada pero muy latinoamericana. Sus referencias obviamente tienen mucho que  ver con Santiago, pero también con otras que imaginaba. De esa novela me quedaron las imágenes de lugares. Me interesaba mucho lo de los lugares. En esa novela surgió marginalmente un centro de ciudad, o un rincón de centro de ciudad, habitada por inmigrantes que se reunían en un mínimo espacio, un espacio pobre, pero en el que generaban modos de cohabitación solidarios. Eso fue lo primero. Luego alguien me comentó una escena que había visto en un centro de llamados en el centro de Santiago y esa escena facilitó la imagen de la totalidad de lo que luego sería “Desierto”. Sigue leyendo

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“Se vende humo”, de Joaquín Escobar: Incorrección surrealista de principio a fin

Lo llamativo de las historias escritas por el treintañero autor nacional es que están siempre dando giros inesperados y el sentido de lo verosímil se tensa hasta tal punto que las acciones de los personajes –poco sostenibles en nuestra realidad– funcionan muy bien en el marco de la ficción imaginada por el escritor.

Por Francisco García Mendoza. Publicado el 11.06.2018 en cineyliteratura

Joaquín Escobar (Santiago, 1986) publica su primer libro de relatos titulado Se vende humo (Narrativa Punto Aparte, 2016). El también sociólogo construye sus historias a partir de retazos que van configurando un panorama de lo que podría considerarse un gran relato que, sin embargo, no logra cuajar del todo. Son doce textos que funcionan como anécdotas -hay algunos cuyo desarrollo podría situarlos en una esfera narrativa independiente de la totalidad-, poseen fluidez, gracia, sencillez a veces matizada con referencias demasiado literarias que sitúan a los personajes en un campo cultural en el que no necesariamente debiesen estar o que simplemente no son relevantes en el desarrollo del relato.Se-vende-humo-777x437

“No hay que creer en Foucault, ya que no se puede tomar en serio a alguien que le gustaba meterse palos por el poto”, menciona uno de los personajes de “Raimundo, el Bototo y la Pacheco”, y quizá esta sentencia pasa a ser la síntesis de la tesis de toda su obra. Sigue leyendo

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Un texto que se observa dentro del texto

Por Mike Wilson, texto de presentación de la novela «Indios Verdes», de Emilio Gordillo. Espacio Estravagario, 12 de abril de 2018

PORTADA INDIOS VERDES

Ya hace casi diez años que conocí a Emilio, tuvimos nuestra primera conversación una mañana en un tren en las afueras de Temuco camino a Lautaro, mirábamos el paisaje a través de los cristales del tren, hablamos de Roberto Arlt y del silencio, desde el interior del vagón mirábamos el paisaje a través de las ventanas. Nos bajamos del tren, fuimos a un colegio al lado de la estación, hablamos de cosas de libros que ya no me acuerdo, volvimos a subirnos al vagón y seguimos hablando, como si nunca nos hubiésemos bajado de la máquina.

Indios Verdes es una novela en cuatro partes sobre un montón de cosas, en muchos sentidos es sobre la ciudad, en este caso el DF, así como Croma -la novela anterior de Emilio- trabaja el mapa de Santiago, pero para mí lo que más me sorprende de Indios Verdes es cómo acierta en representar la experiencia de la identidad a la deriva en lugares remotos, en lugares otros, en lugares que encapsulan y a la vez aíslan el yo. No me refiero al desconocimiento ante una cultura distinta o la noción manoseada de “otredad” en algún contexto seudo postcolonial, acá se trabaja algo más elemental sobre el efecto del desplazamiento sobre la identidad y la soledad radical. Por un lado está la idea de que no existe tal cosa como un yo sin sus lugares, que uno nunca “es” sin su contexto, y los lugares no son lugares sin quién los transforme en eso, llevamos geografías dentro de nosotros que alteran los espacios a los que ingresamos y esos en turno nos modifican a nosotros. Por otro lado estamos atrapados en nuestro propio solipsismo, somos una jalea gris literalmente encerrada en nuestros cráneos, nunca abandonamos esa celda, y de cierta forma ese presidio en nuestras cabezas nunca nos permite realmente salir al mundo. El protagonista de Indios Verdes se encuentra en esta tensión entre estar en un lugar y atestiguar un lugar, como un metronauta separado de su entorno por un traje aislante y un casco de vidrio. Las primeras partes de la novela se refieren al cristal, a su anverso y reverso, se repite la experiencia del protagonista que observa el mundo desde el otro lado del vidrio, el cristal que intermedia la percepción y negocia la experiencia del DF. En cierto momento dice:

Al anverso del vidrio, fueron apareciendo nuevos y nuevos cerros con sus casas encaramadas… Me costaba imaginar la vida de alguien nacido allí, que ahí naciera un niño, que creciera o fuera feliz, de mi cabeza solo salían imágenes oscuras, matanzas, violaciones, trata de blancas, narcotráfico, miedo, silencio. Pero como conceptos, como peces al otro lado de un mundo sumergido, de un acuario de agua descompuesta. Quise guardar todas las imágenes vistas para algo que aún no acababa de comprender, y me fui acurrucando hasta quedarme dormido. Era un turista, y tenía sueño. Sigue leyendo

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Un lugar en las afueras: sobre «Indios Verdes», de Emilio Gordillo

Por Betina Keizman*. Texto de presentación del libro, Espacio Estravagario, 12.04.2018

 

PORTADA INDIOS VERDESIndios verdes es un lugar en las afueras de Ciudad de México donde las estatuas de los guerreros mexicas Itzcóatl y Ahuizotl imprimen su presencia en un paraje de paso, la terminal de metros  y autobuses, desolada y bastante sórdida como toda terminal donde se cuente de a miles las personas que transitan cada día.  Hubo una versión anterior de Indios verdes, que la novela que tenemos entre manos refiere como  un escrito apurado, de alguien que no entendía México. Vale decir que el que leemos ahora es el escrito de quien que lo ha entendido, o lo entiende de otro modo. Leí esa primera versión, hace tres o cuatro años, y tuve dos impresiones iniciales que con el tiempo han hecho su propio camino: la primera, muy personal, es que compartía con Emilio esa fascinación difícil que también yo siento por México, y por la ciudad de México en particular. Esa sospecha de que en la ciudad, en sus comidas y en sus esquinas más o menos célebres respiran las infinitas capas de una historia transversal, algo doloroso pero profundamente vivo que descarta la indiferencia, la posibilidad de no  percibir en la carne una densidad que cruza tanto la vida de la Ciudad, con mayúscula, como las experiencias de sus habitantes anónimos. México es la raja, me dijo una vez un escritor chileno, con pizca de envidia- Me pregunté entonces, y me pregunto ahora, la raja de qué. Una ciudad armada, asesina, una ciudad aterrorizada, eso leemos en el libro de Gordillo. Por qué entonces ese horror destila hermosura, o  qué deformación moral nos permite que la respiremos hermosa.  En todo caso, creo que esa pregunta, o certeza molesta, está en las páginas de este libro.  Es algo que también entiendo como una búsqueda de referentes: cada vez que leo un libro mexicano que transcurre en DF, en el que se menciona una calle, la calle Hamburgo, por ejemplo, en un libro de Enrigue que acabo de leer, hago un esfuerzo mental que a veces ayudo con google por reconocer y recordar mi propia presencia en esa calle. Esa curiosidad que solamente la mirada de un extranjero puede tener hacia la ciudad que lo ha adoptado (porque son las ciudades las que nos adoptan, y no, nosotros a ellas), Emilio Gordillo lo comparte y lo ha hecho libro. En un principio, según él mismo escribe era “para asimilar una ciudad que sobrepasaba” sus capacidades. Porque, efectivamente, hablar de apropiarse es errado, la pobre expresión de un equívoco. La segunda impresión que tuve al leer aquella versión inicial de Indios Verdes, recuerden que mencioné dos impresiones preliminares, tal vez debiera guardármela porque es poco generosa; pero como de esta impresión se desprende una reflexión sobre la generosidad y el reconocimiento, finalmente elegí compartirla en esta presentación. Es una idea que surge de la presencia de Mario Bellatin en el libro, de él mismo hecho personaje, de las trazas de su propia escritura en la escritura de Gordillo, como si de algún modo el mundo Bellatin hubiera coaptado al mundo de Indios Verdes, o a la escritura de Emilio Gordillo, que se construye, hipotéticamente, de las frases que Bellatin borró de sus libros. Inicialmente eso me disgustó. Es cierto que el mismo Bellatin se lo permite, en la senda de muchos precursores, pero en general lo hacen, para curarse en salud, con artistas muertos o estableciendo relaciones que en nada puedan asemejarse a la del maestro y el discípulo, un riesgo que de ningún modo está neutralizado en Indios verdes. Se lo advertí a Gordillo, que, por supuesto, no me hizo caso-. Sin embargo, después de esta reflexión inicial, es decir, ahora, en esta lectura, pensé algo diferente. Especulé sobre la generosidad y el reconocimiento. Básicamente se me ocurrió algo que se suele desplazar al justo lugar de los epígrafes, a saber, hasta qué punto todos los escritores escribimos sobre otras trazas. Qué significa que este reconocimiento u homenaje, que esta sinceridad no quede relegada a una frase de epígrafe (algo que también aparece en este libro, con su epígrafe de Bellatin) sino que también se vuelva cuerpo y referencia. A mi parecer lo que significa es un reconocimiento de la escritura como asunto colectivo, no solo porque las experiencias individuales puedan ser las de uno y todos, por esa suerte de reconocimiento emocional o  intelectual al que todo buen libro nos empuja, sino también porque una novela es, con certeza, asunto colectivo. Toda escritura nace y se nutre de otras escrituras, y en vez de tratarse de una condición a esconder, debiera ser justamente un aspecto para ensalzar. Me parece que este gesto es central en Indios Verdes porque si de algo trata esta novela es de la escritura y la colectividad, o la escritura y el escritor, o la escritura y las experiencias individuales y colectivas del escritor. Es un hecho, esta novela habla de muchas cosas, o más precisamente, no habla de ellas pero permite que se introduzcan en el relato y desfilen con bastante arbitrariedad, con una definitiva renuncia a las reglas de la escritura medida, del argumento redondo, de la pieza de relojería en que eso que está aquí, saldrá por allí o tendrá acullá ese sentido preciso que ilumine al lector y que lo lleve a decir, finalmente:  “Ahhh, entonces ya lo entiendo, todo está en su lugar”. En la novela de Gordillo, por el contrario, nada está en su lugar, como los mismos indios verdes, que vaya a saberse por qué terminaron donde están ubicados si fueron construidos para una exposición universal a la que nunca llegaron, y finalmente asentados en las calles centrales de la ciudad de las que los expulsó el racismo solapado o, por qué no, alguna indisposición estética por estas esculturas bastante maltrechas. Lo que afirmo es que la escritura de Gordillo pone en funcionamiento una marea colectiva, siempre algo arbitraria, de lo que sucede, de lo que sucede a uno y de lo que sucede a otros, de lo que le sucede a ese escritor que llega a México, pero también de lo que aconteció con Alejandro Casarín y los obreros indios que realizaron la escultura de Indios verdes, incluso con los caballos que, según narra Gordillo, perecieron sacrificados en la búsqueda de un estéril gesto de violencia que luego se encarnara en las estatuas. No es acaso, cualquier relato, una historia de vencedores y víctimas, de lo que pereció en el ínterin, de quienes llegaron a buen puerto y de los que fueron borrados de la escritura y de la vida. Y qué pasa si una novela, tal como propone este libro, invita a quienes fueron borrados, y no por darle la palabra al mudo, un gesto siempre sospechoso de buena intención y soberbia, sino simplemente para inscribirlos, también a ellos, ni más ni menos que a los otros, al lado de quienes nacieron para protagonistas. Me parece que ese es el gesto de generosidad y reconocimiento que mencioné al principio, doblemente meritorio en un libro cuyo inicio abruma por un registro del yo, del escritor, de las infinitas vueltas del ombligo del egotragicismo, ese solipsismo tal vez muy masculino, si me permiten decirlo, y termina con las fotos de los otros, de amigos que fueron guías en esa inmersión en la ciudad. También en los últimas páginas aparecen las desgrabaciones de palabras sin ínfulas ni brillo lingüístico de personas, verdaderos don nadie, que pudieron estar en los alrededores de la estatuas de Indios verdes y que hablan, casi para no decir nada o porque no les importa.   Sigue leyendo

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