Los famosos y olvidados

Por Natalia Berbelagua, publicado en El Policlínico de los Libros, La Estrella de Valparaíso 24.12.2014

rolandEn Santiago se puede ser famoso siendo empresario, futbolista, hombre de las comunicaciones, modelo, artista plástico con apellido de dos erres. En el Puerto basta con ser un bebedor profesional, un ciudadano nocturno, la puta más bonita de la cuadra o un pasajero fantasmal de un hotel en ruinas. Esta es la crónica/relato/poema/carta/canción de un viajero que llega tarde a una fiesta, el último paradero de una travesía donde cambia de nombre y oficio, reflexionando: ¿por qué no hay periodistas para hombres y mujeres de la vida?
“Valparaíso Roland Bar” es la respuesta donde ocurre de todo: barcos que  se hunden, marineros que se salvan, hombres a los que se les conoce después de muertos, garzonas, poetas improvisados, un inclasificable Álvaro Peña, subidas de marea, bajas de marea, musicalizado con la precisa orquesta de las tablas que caen del techo y el sonido de las cañerías rotas.  Es la bitácora de un observador detenido en el tiempo hablando sobre héroes que con suerte se salvan a sí mismos, de las postales de lo que siempre será el puerto (“Hay una leva de perros con sarna, tiña y pulgas en todas las esquinas de la ciudad y un incendio todos los días y todas las noches en Valparaíso. Yo no sé porqué”) y un optimismo que sobrevive a la decadencia: “Existe todo el tiempo del mundo para los que viven aquí”.

Hay poesía en lo cotidiano. Un ejemplo es el diccionario de la chica del bar, la versión bohemia de un “Aprenda a hablar francés en dos días” donde está la astucia de darse a entender en otro idioma y la belleza más pura. De la última bajada de la cortina metálica  sobrevive el humor, las risas, el chocar de vasos, la tomadura de pelo al profesor Nostradamus y al notario Fisher al permear la legalidad de una fantasía que sólo ocurre en las calles o en las barras, donde se decide lo que verdaderamente importa.   Esta reedición del libro es el rescate de un Valparaíso que se niega a desaparecer, pese a que siempre están las condiciones. La condena del porteño es acostumbrarse a vivir del recuerdo, a la explosión de Serrano, a las casas quemadas, a los hospitales y compañías tabacaleras que hoy son edificios horrendos, a la compañía de gas que se desvanece en un supermercado y en un ejercicio de anticipación, al mar, escondido tras miles de cajas de lata.
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Archivado bajo "Roland Bar", Gonzalo Ilabaca, Notas de Prensa

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