Por Patricia Espinosa. Publicado en LUN 17/03/2017
De menos a más, y siempre por sobre la media, ha ido Rodrigo Ramos Bañados en cada una de sus cuatro publicaciones. Pinochet Boy, su nueva novela, es la más experimental de todas y la más iracunda, ya que pone en juego un lenguaje y una forma enmarañada perfectos en su tono desesperado para marcar un fatídico contrapunto entre la memoria colectiva y la individual, enlazadas por la violencia y sus efectos en la realidad.
La novela se abre con un embuste, que funciona como la clave fundamental del volumen, sobre quién o quiénes ocupan el lugar protagónico: ¿Mirko, el periodista y posible asesino serial?, ¿Pedro, el escritor desesperado?, ¿o quizás Leonidas? Este último es una figura en principio ambigua, pero que poco a poco va delatando su lugar central en esta historia acontecida en el norte chileno, que cubre casi cuarenta años de la historia del país y de sus personajes. Porque Leonidas ocupa el lugar de un supranarrador, dueño de una mirada y palabra canallas, que además es el creador de Mirko y Pedro y de todo lo que ocurre en la novela que él mismo escribe. Resulta destacable el uso de la estructura en abismo que posee esta narración, al igual que el estilo engañoso con que se presenta a este trío de voces en sus similitudes y diferencias. Dos aspectos destacan en la conformación de esta trama: por un lado, el modo en que Leonidas yuxtapone su voz y la de sus personajes, la presión descriptiva de sus personalidades, y, por otro, la manera en que presenta a la figura del escritor, un poder absoluto al interior del relato. Sigue leyendo
La dictadura pinochetista ha sido –y será en el futuro- una materia recurrente en nuestra narrativa como un ejercicio de memoria sobre sus características y efectos en la sociedad chilena. En los últimos meses se han publicado varios libros en esta línea, entre ellos, Piedras blancas, de María London, y Pinochet boy, de Rodrigo Ramos Bañados, que desde distintas perspectivas generacionales y narrativas reflexionan sobre los efectos inmediatos y posteriores de la dictadura.
Se acostumbra ver el nacer como un surgir, alzarse a la luz, como las plantas que buscan el sol, y hasta nos suena natural el inicio del viaje de la vida de una persona como ese acto de buscar el sol. Si uno se pone estudioso, se va a encontrar siempre con esa imagen al inicio de la clásica Bildungsroman, la novela de formación. De la nada al ser, para ir superando los desafíos de un mundo que no es en sí mismo fundado en la justicia o la verdad, y que no nos ayudará en esa lucha que sí se puede vencer siendo fiel a sí mismo, hallando y creando el propio lugar en una vía que en principio se nos cierra, comprendiendo el necesario pacto con una sociedad que se nos presenta como una contrariedad suprema.