Por Ramón Díaz Eterovic. Publicado en Punto Final, enero de 2017.
La dictadura pinochetista ha sido –y será en el futuro- una materia recurrente en nuestra narrativa como un ejercicio de memoria sobre sus características y efectos en la sociedad chilena. En los últimos meses se han publicado varios libros en esta línea, entre ellos, Piedras blancas, de María London, y Pinochet boy, de Rodrigo Ramos Bañados, que desde distintas perspectivas generacionales y narrativas reflexionan sobre los efectos inmediatos y posteriores de la dictadura.
Rodrigo Ramos Bañados (Pinochet boy, Narrativa Punto Aparte) es periodista y escritor, autor de novelas como Pop, Namazu y Alto Hospicio. Su nueva novela está centrada en personajes que fueron niños durante la dictadura y una vez adultos, encuentran sus vidas condicionadas por las formas de convivencia establecidas por el modelo de sociedad de libre mercado impuesto a sangre y fuego. Son los niños que, como recuerda Ramos Bañados, fueron obligados a cantar en sus colegios el himno nacional con “la estrofa impuesta por los milicos”.
El protagonista de esta novela se despliega a través de tres personajes: Mirko, Pedro y Leonidas. Cada uno responde a distintas etapas en la vida del protagonista y en todas ellas se muestra como un ser descolocado, condenado a una vida mediocre, sin grandes ilusiones ni utopías, obligado a asumir empleos que no lo satisfacen y lo alejan de sus sueños. Sus aspiraciones siempre lo hacen ser distinto a quienes le rodean, mientras los valores que orientan el medio provinciano que habita se agitan con las palabras de predicadores que cuentan con el favoritismo del dictador, escritores que se adaptan a las pautas del marketing, empresas mineras que depredan el medioambiente y amores que se le escapan de las manos. Sigue leyendo
Se acostumbra ver el nacer como un surgir, alzarse a la luz, como las plantas que buscan el sol, y hasta nos suena natural el inicio del viaje de la vida de una persona como ese acto de buscar el sol. Si uno se pone estudioso, se va a encontrar siempre con esa imagen al inicio de la clásica Bildungsroman, la novela de formación. De la nada al ser, para ir superando los desafíos de un mundo que no es en sí mismo fundado en la justicia o la verdad, y que no nos ayudará en esa lucha que sí se puede vencer siendo fiel a sí mismo, hallando y creando el propio lugar en una vía que en principio se nos cierra, comprendiendo el necesario pacto con una sociedad que se nos presenta como una contrariedad suprema.
Latinoamérica. En una universidad de provincia se pretende dar curso a una mesa redonda sobre literatura; los expositores, aún con la resaca de la noche anterior, son cinco; el público asistente, tres (más “el encargado de sonido”). El moderador cuenta o intenta contar chistes; un poeta argentino lee un poema doméstico-minimalista que, según dice, es representativo del quehacer literario de su país; un académico de la misma universidad lee un ensayo sobre Roberto Bolaño y Enrique Lihn; una poeta chilena dice que ella no representa a nadie.
Nunca sabremos hasta qué grado todos los libros están ligados a la experiencia. No es un vínculo que viva solamente en clave de realismo, tampoco es que la experiencia sea una fuente más o menos bizarra de anecdotarios múltiples, aunque a veces, ese sea el caso. Los escritores somos buenos vampiros. Siempre se nota cuando un libro sigue el trazo de una experiencia vital. Hay una desprolijidad que el buen lector reconoce, se me hace que es como las asperezas en un mueble de madera, cuando adivinamos que en esa arista o en esa cuña, el artesano estaba enojado, o triste, o iracundo, perplejo o simplemente entusiasta. Ese vínculo con la experiencia se reconoce en este manual para tartamudos de Gonzalo León. Sabemos que Gonzalo vive desde hace varios años en Buenos Aires, y la experiencia de migrante está en su libro, pero no solamente en la curiosidad y desvarío por la nueva ciudad, creo que también hay una migración enlazada a la literatura, a nutrirse de un mundo literario que es el de cierto circuito porteño, amigo del juego de las atribuciones múltiples o de un realismo delirante, que Gonzalo agregó a una mirada suya, anterior, de cronista insolente. Es riesgoso pensar en términos de qué es lo que uno recibe de un nueva ciudad, qué es lo que traemos con nosotros, qué puede nacer de esa mixtura, o de ese monstruo de cinco cabezas. En cualquier caso, se trata de una ganancia de vida cada vez más contemporánea, porque somos muchos los que hemos vivido de modo permanente o transitorio, en las estancias de escritura, tan de moda, por ejemplo, ese intercambio que está en conocer lo otro y medir lo propio.