Por Alejandro Stevenson L. Publicado en El Policlínico de los Libros, La Estrella de Valparaíso
, de Joaquín Escobar (Narrativa Punto Aparte, 2017), es un conjunto de once relatos que van de menos a más. No porque la calidad de sus cuentos sea asimétrica, sino más bien porque a medida que avanzamos en el libro es como si pudiéramos asistir a la evolución de las destrezas literarias de su autor. Eso hace que esta obra se lea de un tirón. El realismo cotidiano se intercala con pasajes delirantes e incluso surrealistas, escritos con una prosa urgente que recuerda las novelas de César Aira o los capítulos de Los Simpson, en donde la velocidad nos conduce por diferentes escenas que en ocasiones parecieran no conectarse entre sí.
El fracaso es el gran tema que atraviesa estos relatos, ya que todos los personajes se enfrentan a la precariedad de la vida, el amor y desamor, la monotonía, la acción política carente de metarrelato, la sed de venganza o la pérdida, trazando planes e ideando mapas que al momento de ser utilizados resultarán estériles. Triunfa la improvisación y la mentira, la actitud farsante, el chanterío, es decir, la venta de humo como recurso que movilizará a los personajes para salir airosos de las fuerzas externas que los constriñen.
Si Osvaldo Lamborghini fabricó su propia sintaxis en torno al sexo, violencia y política, Escobar añadirá a esta triada su pasión, el fútbol, presente los cuentos “La 3 de Manuel Rojas” y “Aeropuertos y cuervos en lápiz grafito”. Relatos con tintes policiales y de atmósferas kafkianas donde se funde la búsqueda de una camiseta con la formación de un ejército que viajará al sur de Chile para saldar cuentas pendientes con nazis de Colonia Dignidad. En otros el delirio logrará diluir la mezcla de melancolía con humor negro, como en “Sé que viniste a mi casa…”, donde pasamos de un call center a la guerrilla colombiana siguiendo a una mujer. O el cierre magistral de “La ciudad subterránea donde el esplín fue fusilado”, escrito en tono poético surrealista que nos sitúa, tras los pasos de un padre muerto, en una playa donde el tiempo está detenido recordándonos nuestra condición de intrascendencia. Sigue leyendo
Un profesor obsesionado con robar libros a sus ocasionales amantes divaga sobre filosofía y fútbol frente a sus apáticos alumnos. Un par de ladrones de camisetas urde un retorcido plan para quedarse con la polera que Manuel Rojas vistió en un mítico partido. Tres improbables revolucionarios confabulan un acto superlativo de disidencia a través del martirio de un millonario. Un solitario trabajador de un call center se sumerge en la alucinante aventura selvática de una mujer imposible.
De menos a más, y siempre por sobre la media, ha ido Rodrigo Ramos Bañados en cada una de sus cuatro publicaciones. Pinochet Boy, su nueva novela, es la más experimental de todas y la más iracunda, ya que pone en juego un lenguaje y una forma enmarañada perfectos en su tono desesperado para marcar un fatídico contrapunto entre la memoria colectiva y la individual, enlazadas por la violencia y sus efectos en la realidad.
“Stand up Poetry”. Así me dijo un amigo que entendía la poesía de hoy, pero más específicamente, así entendía a los poetas, como algo parecido a los comediantes del famoso Stand up Comedy. Bajo esta lógica, el poeta es quien se para sobre un escenario, al igual que el Pato Pimienta, la Natalia Valdebenito, o incluso el Coco Legrand, para causar un efecto en el público y posteriormente recibir los aplausos correspondientes, que pueden ser tanto efusivos como escuetos, por compromiso, amistad o incluso afinidad. En estos casos, el efecto (del público) pocas veces tiene que ver con la calidad estética o metatextual del poema, si no más bien con el histrionismo del que lo declama, además de un montón de factores situacionales del mismo proceso de declamación: vino de honor, previa, amoríos, egos, espacios y un gran etcétera. Pero a pesar de todo esto, uno aprende a ignorar los pormenores y mirar siempre el vaso medio lleno. Hay que entender que existe mucha gente trabajando efectivamente por generar una mayor cantidad de espacios artísticos y culturales dentro de cada urbe. Es un trabajo indudablemente respetable, pero que a pesar de todos los esfuerzos que cada gestor realice, la mayoría de las veces termina en luchas conceptuales infinitas, donde las palabras “política” “trinchera” “consecuencia” e “ideología” salen disparadas de las bocas como perdigones atolondrados entre lágrimas, chela y saliva. Algunos desmadran contra los fondos culturales que da el gobierno (una de las pocas fuentes de ingreso para un escritor), por considerarlas inconsecuentes con el trabajo rupturista y contestatario que se pregona. Otros piensan que recibir plata para realizar encuentros culturales o publicaciones, funciona como el Jiu Jitsu: se utiliza la fuerza del enemigo (el estado) para atacarlo después desde adentro. Y aún existen otros, que no contentos con ninguna de las dos “trincheras”, crean sus propias editoriales y se publican entre los amigos hasta el cansancio. Es decir, existe una lucha eterna entre el romántico y el estratega, que es uno de los eternos problemas de principios entre los escritores, casi siempre jóvenes los primeros, y no-tan-jóvenes los segundos.
La dictadura pinochetista ha sido –y será en el futuro- una materia recurrente en nuestra narrativa como un ejercicio de memoria sobre sus características y efectos en la sociedad chilena. En los últimos meses se han publicado varios libros en esta línea, entre ellos, Piedras blancas, de María London, y Pinochet boy, de Rodrigo Ramos Bañados, que desde distintas perspectivas generacionales y narrativas reflexionan sobre los efectos inmediatos y posteriores de la dictadura.