Por Ana Negri* | Revista Punto de Partida N° 76, Universidad Nacional Autónoma de México
“Sin más, se puso a decir garabatos. Gritaba como poseída por Belcebú, pensé que le iban a salir cachos y cola, que me comería viva. Tuve que darle una bofetada para que entrara en sí, pero le di en el colmillo y me rompí la palma de la mano.” La experiencia abrupta que describe este fragmento de la primera página de Mentirosa resulta muy parecida a la que genera el primer acercamiento a la lectura del libro. El lector, atrapado de pronto por la vorágine de un discurso atropellado que preferiría rechazar de una bofetada, queda atravesado por la estrafalaria violencia que el mismo flujo del lenguaje genera. La farándula de la televisión y del cine comercial extranjero de los últimos años, juicios categóricos que enemistan opiniones y anhelos prefabricados en las agencias de publicidad y en los programas matinales son algunos de los elementos que irrumpen constantemente en la narración que articula unos con otros a partir de formas del habla popular chilena —habla, en sí, sumamente vertiginosa—. La voz que narra esta primera parte es la de una joven atea que nos refiere su propio mundo a través de la constante crítica a la vida de su hermana menor.


