Por Betina Keizman*
Nunca sabremos hasta qué grado todos los libros están ligados a la experiencia. No es un vínculo que viva solamente en clave de realismo, tampoco es que la experiencia sea una fuente más o menos bizarra de anecdotarios múltiples, aunque a veces, ese sea el caso. Los escritores somos buenos vampiros. Siempre se nota cuando un libro sigue el trazo de una experiencia vital. Hay una desprolijidad que el buen lector reconoce, se me hace que es como las asperezas en un mueble de madera, cuando adivinamos que en esa arista o en esa cuña, el artesano estaba enojado, o triste, o iracundo, perplejo o simplemente entusiasta. Ese vínculo con la experiencia se reconoce en este manual para tartamudos de Gonzalo León. Sabemos que Gonzalo vive desde hace varios años en Buenos Aires, y la experiencia de migrante está en su libro, pero no solamente en la curiosidad y desvarío por la nueva ciudad, creo que también hay una migración enlazada a la literatura, a nutrirse de un mundo literario que es el de cierto circuito porteño, amigo del juego de las atribuciones múltiples o de un realismo delirante, que Gonzalo agregó a una mirada suya, anterior, de cronista insolente. Es riesgoso pensar en términos de qué es lo que uno recibe de un nueva ciudad, qué es lo que traemos con nosotros, qué puede nacer de esa mixtura, o de ese monstruo de cinco cabezas. En cualquier caso, se trata de una ganancia de vida cada vez más contemporánea, porque somos muchos los que hemos vivido de modo permanente o transitorio, en las estancias de escritura, tan de moda, por ejemplo, ese intercambio que está en conocer lo otro y medir lo propio.
Tal vez sea una experiencia de tartamudos. El modo en que el tartamudo lucha para expulsar las palabras, para escupir un significado es una experiencia física. Es la palabra contra la lengua, contra la garganta, algo áspero que juega en contra porque el pensamiento va más rápido y el cuerpo no le sigue el trote. Se resiste, a contracorriente de un acto que tiene mucho de compulsión, la urgencia de calibrar un disgusto, una sorpresa o una felicidad. Gonzalo a veces tartamudea, y también en este punto está el guiño de la autoficción. ¿Cómo protestan los sordos? eso se pregunta en un momento, frente a una manifestación de sordos, el chileno loco que en Manual para tartamudos escribe sus cartas desde un buenos Aires que de a ratos se le hace inhóspita, pero que también le ofrece el mejor combustible de la vida y de la escritura: la extrañeza, la inconsistencia de lo cotidiano que se escapa, en definitiva, la pasión. Sigue leyendo
Gonzalo León es un escritor de la vieja escuela, de esos que ya no se ven tan a menudo en las librerías. Sus ideas fluyen como torpedos, otras veces como una suave brisa que muchos agradecemos. Se nota que es un tipo sin pelos en la lengua. Escribe columnas basadas en autores clásicos como Proust y otros tan contemporáneos como Diego Zúñiga (Camanchaca), tiene un taller de narrativa y maneja el circo literario con una habilidad notable. Muy pronto lanzará una novela epistolar llamada “Manual para tartamudos” a través de la Editorial Narrativa Punto Aparte, la cual será presentada el día 18 de noviembre en Valparaíso (Librería Metales Pesados) y el 24 de noviembre en Santiago (Librería Ulises, Barrio Lastarria).
«Uno no escribe para tener la aprobación de alguien. Hay todo un sistema que te influye. Acá el escritor que, de repente, se va a la transnacional no tiene esa consciencia de que da lo mismo una editorial o la otra si tu intención no es vender, no ser un best seller, por lo tanto la prioridad va por otro lado y en mi caso así fue. Lanzo mi nuevo libro en Valparaíso por un tema emocional», dice Gonzalo León, periodista y escritor chileno radicado los últimos seis años en Argentina, sobre las expectativas que tiene con su nuevo libro «Manual para Tartamudos» de la editorial porteña Narrativa Punto Aparte.