(A propósito de Niño Feo, de Yuri Pérez)
No deja de ser interesante el lugar que ocupa Yuri Pérez (San Bernardo, 1966) en el difuso ambiente de la literatura chilena. Anclado en su provincia real e imaginaria de Santo Bernardo, ha creado una particular mitología familiar, rodeada de un halo de pobreza y marginalidad que se engarzan, sin embargo, con las determinaciones de la última hora. Aquellas dictadas por los cambios muchas veces vertiginosos de nuestra sociedad, contemplados siempre desde la otra orilla de donde aquellos cambios acontecen. En la orilla que ocupa el hablante de Pérez, el oleaje de la modernidad y sus novedades se viven sólo como una consecuencia o una resaca.
Niño Feo es el resultado de una prosa sólidamente establecida a través de un largo camino recorrido, que se inicia con Cara et Fuego (1994) y se expande hasta Ghetto (2006). Pero sería injusto, por decir lo menos, considerar a este texto, que hoy el lector tiene entre sus manos, sólo como una continuación, como una simple extensión de un trabajo previo. En realidad, Niño Feo marca (junto al previo Suite) un cambio de giro en lo que se refiere a la forma de dar cuenta de temas que Pérez ya había tratado, magistralmente, en sus varios libros de poesía. Niño Feo, sin embargo, nos deja con la boca abierta por la mezcla inaudita y dolorosa de una perspectiva renovadamente impúdica y autobiográfica, desembozada en su crueldad y en la reiteración de esa estética residual, añeja y desteñida como la anilina, de la cual el autor ha sacado en las últimas dos décadas sus mejores dividendos.
