Tras cinco años sin publicar ficción en nuestro país, el escritor porteño radicado en Argentina regresa para editar este libro escrito en formato epistolar, que aborda los temas de la emigración y la distancia.
«La emigración impone distancias. Y las distancias imponen, por necesidad de contacto, la escritura de cartas»: con esta cita, que funciona a modo de epígrafe, Gonzalo León resume los temas que dan forma a su nueva novela, “Manual para tartamudos”, que será editada este mes por Narrativa Punto Aparte.
Luego de cinco años sin publicar textos de ficción en Chile, el escritor porteño radicado en Buenos Aires vuelve para lanzar esta novela, que será editada simultáneamente en nuestro país, por Narrativa Punto Aparte, y en Argentina, por el sello Blatt & Ríos.
Escrita en formato epistolar, “Manual para tartamudos” tiene como personaje principal a un chileno que ha huido en Argentina, escapando de hechos oscuros que sólo se alcanzan a insinuar. Refugiado en un pequeño departamento donde pasa los días viendo series de televisión, espiando a los vecinos o repasando una biblioteca imaginaria de la cual no tiene más que el anaquel, el chileno comienza a escribir una serie interminable de cartas para un destinatario que se niega a responder. Sin darse por vencido por la ausencia de diálogo, el emisor relata con minucioso entusiasmo sus paseos por las calles de Buenos Aires –donde se topa con insólitos acontecimientos- y describe sus imaginarias relaciones con la loca del barrio y un hipotético travesti mexicano. Un tatuador paraguayo, aficionado al fútbol, la literatura y el porno, y un sacerdote estadounidense relegado en la selva, serán los improbables destinatarios de este afiebrado epistolario.
-¿Cuál es el origen de la novela? ¿Qué te inspiró a desarrollar esta trama de un hombre que escribe cartas sin recibir respuestas?
-Todo empezó en 2009, en ese año tuve la primera inquietud/pulsión por escribir una novela que fuera epistolar, pero en ese año no sabía cómo hacerla, y entonces Antonio Gil me recomendó una novela epistolar, que no leí pero esa recomendación me hizo empezar a leer epistolar. Me encontré que muy pocos textos eran contemporáneas y casi ninguno era ficción: la mayoría correspondía a la primera mitad del siglo XX o al siglo XIX. José Leandro Urbina me dijo ahí que el siglo XVIII había sido el boom de las novelas epistolares. Trabajar con lo anacrónico o con la dislocación -hoy ya no se escriben cartas, se escriben mails- me atrajo más aún. Luego: ¿cómo pensar un texto de ficción desde lo epistolar?, pasó a ser la primera pregunta a resolver. Luego hubo otras más pesadas, si se quiere: ¿qué lengua usar: descartaba de plano el rioplatense, especialmente en su oralidad, o lo incluía?; si lo incluía, ¿era un poco o mucho? Sigue leyendo
El golpe de Estado y la larga noche de la dictadura cívico-militar iniciada a partir de ese fatídico martes 11 de septiembre de 1973, ha proporcionado a las artes, el cine, el teatro y la literatura un abundante material excepcionalmente poderoso para redibujar el imaginario personal y colectivo del país, y desde ahí iluminar con más certeza y estremecimiento la historia reciente de Chile. Y quizá es en la ficción el soporte por excelencia donde se guardan y perpetúan esas historias, esos trazos de vida donde se manifiesta el poder de la palabra para construir un relato que adquiere una inmensa fuerza y profundidad, sin olvidar el humor y la ironía.
Suelo reírme hasta que me duele el estómago cuando algunos autores dicen que sus textos tienden a ser una réplica de tal o cual fórmula matemática; ya sea la secuencia de Fibonacci o son fractales. Entonces los lees y te das cuenta que no hay nada ahí, simples líneas lógicas, más aristotélicas que nada. Así que uno va y lee a los que vienen sin dichas pretensiones. Y allí salta el problema y sólo alcanzas a ver el fantasma que no se puede detener al momento.