Por Emiliano Fekete, publicado en Loqueleímos
En una isla y un tiempo indefinibles, con registros claros de un presente ucrónico o de un futuro cercano y cierto tufo rioplatense, Aníbal, el dueño del castillo que domina el puerto principal, compra una partida de esclavos. Entre ellos, al protagonista de Gracias, esta nouvelle que tiene pocas ínfulas pero a la que no le faltan simbolismos.
Este protagonista sin nombre, quien cuenta su propia historia, es tomado por Aníbal como su esclavo doméstico, categoría singular de la esclavitud donde el «yo» del cautivo se funde con el «tú» del amo para volverse un «nosotros» tan simbiótico como perverso. Esclavo este que vive bajo el mismo techo que su amo, goza de sus comodidades, come de sus sobras y hace más o menos lo que le venga en gana siempre que cumpla con los dos deberes para los que parece haber sido adquirido: uno implícito, el de ser depositario eventual del humor sádico de su dueño; y uno explícito, el de ejecutar en los galpones del castillo una serie de labores abominables que nunca se describen:
Entré y sentí ganas de llorar al entender lo que se me pedía. Me arrodillé en el suelo, apoyé la cabeza contra la tierra y canté, en voz alta, la única plegaria que había aprendido de chico: “Por favor, Dios, ayúdame a superar las incongruencias”. Cuando terminé de rezar me sentí un poco mejor y me dispuse a trabajar como un cerdo en medio de la putrefacción. Al principio iba muy lento, asqueado por el olor; dos o tres veces vomité y creo haberme desmayado una o dos veces. De a poco, sin embargo, me fui olvidando de lo que hacía y empecé a actuar mecánicamente.


